En política, como en la vida, no basta con tener razón. También hay que saber escoger el momento. Por eso, ante la posibilidad de una moción de censura, conviene detenerse y hacerse una pregunta incómoda pero necesaria: en las circunstancias actuales, ¿sería un acto de responsabilidad política o, por el contrario, un balón de oxígeno para un Gobierno que ya muestra signos evidentes de agotamiento?
La tentación de impulsarla es comprensible. Cuando un Ejecutivo acumula desgaste, contradicciones internas y una pérdida creciente de credibilidad ante amplios sectores de la sociedad, la idea de forzar un debate parlamentario resulta atractiva. Una moción permite fijar posiciones, denunciar errores, señalar excesos y recordar que existe una alternativa política.
Sin embargo, la política no es solo exposición pública. También es estrategia, cálculo y lectura del clima social. Y ese clima, en este momento, está marcado por el cansancio, la desconfianza y una sensación de hartazgo cada vez más extendida. Muchos ciudadanos perciben que el Gobierno de Pedro Sánchez atraviesa una etapa de debilidad, no solo por la erosión natural del tiempo, sino por sus propias decisiones, por sus alianzas parlamentarias y por una gestión que ha generado una profunda división política y social.
Precisamente por eso, cabe preguntarse si una moción de censura presentada ahora no terminaría produciendo el efecto contrario al deseado.
Una moción de censura, incluso cuando nace con escasas posibilidades de prosperar, tiene una consecuencia inmediata: reordena el tablero político. Obliga a todos los partidos a posicionarse, moviliza a los apoyos del Gobierno, reactiva discursos que parecían agotados y permite al Ejecutivo presentarse ante la opinión pública como víctima de una ofensiva oportunista.
Ese papel de víctima, aunque resulte discutible, suele ser políticamente rentable. Un Gobierno debilitado puede encontrar en una moción fallida la oportunidad de recuperar protagonismo, cohesionar a sus socios y construir un nuevo relato defensivo. Lo que antes era desgaste interno puede transformarse, de pronto, en resistencia frente a una supuesta amenaza externa.
Además, toda moción de censura exige un candidato alternativo. Y ese candidato queda inevitablemente expuesto. Pasa a ocupar el centro del debate, se convierte en el blanco principal de los ataques y queda sometido a un examen público que quizá no llegue en el momento más conveniente. Mientras tanto, el Gobierno, que hasta entonces parecía acorralado por sus propias contradicciones, recupera la iniciativa y desplaza el foco de sus problemas hacia la oposición.
Por eso, quizá la cuestión principal no sea si el Gobierno merece una moción de censura. Muchos ciudadanos ya tienen formada su opinión al respecto. La verdadera pregunta es si este es el momento adecuado para presentarla.
Hay ocasiones en las que la mejor estrategia consiste en permitir que los acontecimientos sigan su curso natural. Y, en este caso, ese curso parece apuntar hacia un desgaste progresivo del Ejecutivo, sin necesidad de maniobras que puedan ser utilizadas en su favor. Cuando un Gobierno pierde credibilidad por sus propios actos, precipitar una moción puede interrumpir un proceso de deterioro político que ya estaba avanzando por sí solo.
Forzar ahora una moción podría interpretarse como un gesto de impaciencia. Peor aún: podría ofrecer al Gobierno una oportunidad que no merece. Le daría escenario, relato y enemigo. Tres elementos que cualquier Ejecutivo debilitado necesita para intentar recomponerse.
Esperar no significa resignarse. Tampoco implica renunciar a la oposición firme ni al control parlamentario. Significa entender que la oportunidad política no siempre coincide con el impulso inmediato. A veces, la responsabilidad consiste precisamente en no regalar al adversario el protagonismo que ha perdido por sus propios errores.
La moción de censura es un instrumento legítimo, democrático y necesario. Pero, como todo instrumento político, su eficacia depende del momento en que se utilice. Usarla mal puede convertir una herramienta de control en una tabla de salvación para quien se pretende censurar.
Quizá, solo quizá, este no sea el momento de rescatar políticamente a un Gobierno que ya se encuentra atrapado en sus propias contradicciones. Tal vez la verdadera responsabilidad consista en no interrumpir el desgaste de un Ejecutivo que, por méritos propios, parece cada vez más alejado de una parte importante de la sociedad española.
Y cuando un Gobierno se hunde por sí solo, lo más inteligente no siempre es empujarlo. A veces basta con no tenderle la mano.
¡Que Cosas!
