A mis 74 años, cuando uno ya no compite por nada y ha dejado atrás la necesidad de agradar, la memoria adquiere una libertad especial. No pide permiso, no se somete a modas y tampoco se acomoda al miedo. La memoria, cuando ha sido vivida y no simplemente aprendida, se convierte en una brújula moral.
Desde esa libertad escribo. Desde la libertad de quien ha vivido mucho, ha cruzado mares, ha conocido países, culturas, puertos y formas distintas de entender la vida. Desde la libertad de quien ya no espera recompensas ni teme castigos. Y, sobre todo, desde la libertad de quien mira a España no como una abstracción política, sino como una casa común que costó demasiado levantar como para verla deteriorarse en silencio.
Echo de menos la Transición. No por nostalgia fácil ni por idealización del pasado, sino por sentido de la justicia histórica. La echo de menos porque la viví. Porque sé lo que significó. Porque recuerdo el esfuerzo de una generación que, con heridas todavía abiertas, decidió no convertir el rencor en programa político.
La Transición fue mucho más que un cambio institucional. Fue una decisión colectiva de madurez. España, después de demasiados años de miedo, de silencio, de trincheras y de sospechas, se miró al espejo y eligió convivir. No fue perfecta, porque ninguna obra humana lo es. Pero fue grande. Fue generosa. Fue inteligente. Fue, sobre todo, necesaria.
En aquellos años, la palabra “futuro” dejó de sonar como una amenaza y empezó a parecer una promesa. Había diferencias ideológicas, por supuesto. Había tensiones, errores y desacuerdos. Pero también existía algo que hoy parece escasear: sentido de Estado. La política no consistía únicamente en vencer al adversario, sino en construir un país donde todos pudiéramos vivir sin miedo a que media España intentara borrar a la otra media.
Incluso quienes no éramos socialistas en sentido estricto, sino jóvenes sedientos de libertad, mirábamos con respeto a aquel PSOE de los primeros años democráticos. Era un partido serio, institucional, consciente del momento histórico que España atravesaba. Un PSOE capaz de modernizar el país sin necesidad de convertir al adversario en enemigo. Un PSOE que entendía que gobernar no era incendiar la convivencia, sino darle cauce.
Ese PSOE, al menos tal como muchos lo conocimos, ya no existe.
Lo digo con pesar, no con alegría. Porque cuando un partido histórico pierde su sentido de Estado, no pierde solo él: pierde el conjunto del país. La degradación de una gran fuerza política siempre acaba afectando a la calidad de la democracia. Y lo que hoy muchos percibimos en la vida pública española no es una simple evolución ideológica, sino una mutación profunda del espíritu que hizo posible la convivencia.
A mi juicio, la primera gran grieta se abrió con José Luis Rodríguez Zapatero. No tanto por sus políticas sociales, sobre las que cada cual podrá tener su opinión, sino por algo más delicado: la recuperación de un lenguaje político basado en la división moral. España volvió a escuchar con demasiada frecuencia la retórica de los buenos y los malos, de los puros y los culpables, de los herederos legítimos de la democracia frente a quienes eran presentados casi como sospechosos permanentes.
La Transición había intentado cerrar heridas con prudencia, con renuncias compartidas y con una conciencia clara de lo que ocurre cuando un país se acostumbra a vivir dividido. Zapatero, en cambio, abrió una etapa en la que la memoria dejó de ser un espacio de reconciliación y empezó a convertirse en arma política.
Y cuando la memoria se utiliza como arma, deja de iluminar el presente y empieza a envenenarlo.
Pedro Sánchez ha llevado esa lógica mucho más lejos. El llamado sanchismo, tal como yo lo entiendo, no representa una continuidad noble del socialismo democrático que muchos conocimos, sino una forma de poder sostenida en la confrontación permanente, en la propaganda y en la ocupación partidista de todos los espacios posibles.
El problema no es que gobierne la izquierda. España ha sido gobernada por la izquierda y por la derecha, y así debe ocurrir en una democracia sana. El problema es gobernar como si las instituciones fueran herramientas al servicio de una estrategia personal. El problema es pactar cualquier cosa con tal de conservar el poder. El problema es convertir la unidad nacional, la igualdad entre españoles y la dignidad institucional en monedas de cambio.
El PSOE de la Transición jamás habría tratado con ligereza aquello que nos permitió dejar atrás nuestra historia más oscura. Jamás habría despreciado el valor del consenso. Jamás habría confundido resistencia política con supervivencia personal. Jamás habría presentado como progreso lo que, en realidad, se parece demasiado al regreso de viejos fantasmas.
España vuelve a respirar un aire peligroso: el aire de los bandos, de la sospecha, de la descalificación automática. No estamos en 1936, y conviene decirlo con claridad para no caer en exageraciones históricas. Pero tampoco deberíamos ignorar que ciertos climas morales se parecen entre sí. Cuando la política deja de buscar acuerdos y empieza a fabricar enemigos, la convivencia se debilita. Cuando se enseña a los jóvenes que el adversario no se rebate, sino que se cancela o se demoniza, la democracia se empobrece.
Quienes vivimos la Transición sabemos lo difícil que fue construir una convivencia razonable. Y precisamente por eso nos duele ver con qué facilidad algunos juegan hoy con lo que otros levantaron con tanto esfuerzo.
No escribo desde la ambición política. No tengo cargos, no busco favores y no necesito aplausos. Soy, sencillamente, un español que ha vivido lo suficiente para reconocer ciertas señales. Un hombre de mar que aprendió que, cuando se aproxima un temporal, lo peor que puede hacerse es negar el viento.
Y en España sopla viento de división.
No toda crítica al Gobierno es extremismo. No toda defensa de la unidad nacional es nostalgia autoritaria. No toda apelación a la Transición es inmovilismo. Hay una forma profundamente democrática de decir que un país no puede construirse sobre el resentimiento, ni sobre la cesión constante ante quienes no creen en el proyecto común, ni sobre la manipulación emocional de la historia.
España merece algo mejor que dirigentes dedicados a sembrar división para cosechar poder. Merece instituciones respetadas, partidos responsables y ciudadanos capaces de discutir sin odiarse. Merece una política que no utilice la memoria como garrote ni la convivencia como rehén.
La Transición nos dejó una lección que hoy conviene recordar: la convivencia no se hereda, se defiende. Se defiende con prudencia, con firmeza, con sentido de Estado y con una idea clara de España como casa común. No una España uniforme, cerrada o arrogante, sino una España consciente de su historia y de su valor. Una España plural, sí, pero no desmembrada. Una España abierta, sí, pero no acomplejada. Una España democrática, sí, pero no sometida al chantaje de quienes desean debilitarla.
Por eso escribo estas líneas. No para idealizar el pasado, sino para advertir sobre el presente. No para pedir que España vuelva atrás, sino para impedir que retroceda hacia sus peores costumbres. No para alimentar odio, sino para reclamar una política más adulta, más honorable y más consciente de lo que está en juego.
A estas alturas de mi vida, no tengo más patrimonio que mi memoria, mi palabra y mi libertad. Y desde ellas afirmo que España no debe resignarse a vivir dividida. No debe aceptar que la confrontación sea su destino. No debe permitir que quienes gobiernan confundan el país con su propio proyecto de poder.
La nostalgia, cuando es honrada, no sirve para quedarse en el ayer. Sirve para recordar lo que fuimos capaces de hacer bien. Sirve para distinguir entre el progreso verdadero y la demolición disfrazada de modernidad. Sirve, en definitiva, como brújula.
Y quizá España necesite hoy precisamente eso: menos ruido, menos propaganda, menos trincheras y más brújula.
