Las alianzas no se ponen a prueba cuando el mar está en calma, sino cuando arrecian las tormentas. Es ahí, cuando el viento sopla de cara, donde los principios se ven las caras con la realidad y la retórica política empieza a pasar facturas.
Últimamente, el papel internacional de España parece haberse convertido en un equilibrismo peligroso. La reciente negativa del Gobierno de Pedro Sánchez a autorizar el uso de las bases de Morón y Rota para misiones específicas de Estados Unidos no es un simple trámite administrativo. Es, en realidad, un espejo que nos devuelve una pregunta incómoda: ¿qué clase de socio queremos ser en el tablero mundial?
Vaya por delante que no me entusiasman las formas de Donald Trump; ese perfil de «pistolero del oeste» me resulta ajeno y difícil de compartir. Pero una cosa es la simpatía personal y otra, muy distinta, la responsabilidad de Estado. Negar el apoyo logístico a un aliado histórico no sale gratis, y las represalias comerciales o la pérdida de confianza estratégica pueden costarnos, literalmente, sangre, sudor y lágrimas.
La herencia de un sabio y la realidad de la soberanía
Mi difunto padre, Luis González Pérez, era un hombre sabio que solía resumir los dilemas complejos con una lógica aplastante. Siempre nos decía: «No se puede estar embarazada solo un poquito; o se está, o no se está».
Esa metáfora encaja hoy a la perfección con nuestra política exterior. No se puede pretender vivir bajo el paraguas de seguridad de la OTAN, disfrutar de sus beneficios y, a la vez, cerrar el grifo de la colaboración cuando las cosas se ponen feas en Oriente Medio. La soberanía nacional, esa que cualquier alumno debería comprender más allá de ideologías, no es una pieza de museo. España es un Estado soberano, sí, y nuestras bases se rigen por convenios bilaterales que exigen consulta mutua. Pero en el siglo XXI, la soberanía no se ejerce en el vacío.
El Gobierno parece interpretar la Constitución y los tratados al pie de la letra, pero olvida el espíritu de la confianza mutua. Ser un aliado fiable no significa sumisión mecánica, pero tampoco puede significar un distanciamiento sistemático que nos deje en tierra de nadie.
De aquellos polvos, estos lodos
No es la primera vez que jugamos a este juego. Ya vivimos la etapa de Zapatero y todos recordamos cómo terminó aquello. Ahora, el Ejecutivo de Sánchez parece repetir el patrón: una mezcla de prudencia mal entendida y un «buenismo» de salón que nos debilita.
Lo más paradójico es que esta supuesta firmeza soberana frente a Estados Unidos brilla por su ausencia en otros escenarios. Resulta difícil de digerir que se actúe con tal rigidez en Rota mientras, por otro lado, el presidente se pliega de forma unilateral ante las exigencias de Marruecos en el asunto del Sáhara. Un giro que, para colmo, ni siquiera pasó por el Parlamento. En ese caso, la soberanía parece que se quedó guardada en un cajón, quizás por intereses que —como sugieren las sombras del caso Pegasus— tienen poco que ver con el bien común.
El precio de decidir
En política exterior, la ambigüedad estratégica se traduce rápidamente en debilidad. España tiene el derecho a decir «no», por supuesto, pero la madurez política consiste en saber que cada «no» tiene un precio. La reputación internacional se construye durante décadas y se destruye en una tarde de televisión.
No podemos permitirnos una «neutralidad cómoda» que en el fondo es una contradicción. Al final del día, las naciones no se definen solo por los tratados que firman, sino por la coherencia con la que los sostienen cuando la presión aumenta.
Como decimos en mi tierra: «con la chúcara de palo que escoges, comes». Y me temo que a Pedro Sánchez ya le queda muy poco margen para seguir sirviendo este potaje de contradicciones. Ya va siendo hora de que alguien acepte que el lugar de España en el mundo no es el de un actor secundario que se esconde cuando hay problemas, sino el de un socio serio que sabe estar a las duras y a las maduras.