Vaya por delante, para que no quede un ápice de duda, que me defino como un humanista convencido. Hablo y escribo con la «libertad de los condenados» para asegurar que estoy absolutamente en contra de cualquier dictadura o dictador, sin importar su signo. Y en el caso del régimen de los ayatolás en Irán, mi rechazo es aún mayor, dada su falta absoluta de respeto por los Derechos Humanos y la represión sistemática contra las mujeres.
Sin embargo, esa misma condición humanista me obliga a señalar un peligro igualmente grave: el ejercicio del poder sin complejos cuando la fuerza se presenta como único argumento. Es el estilo que practica ese «rubio pistolero de aldea del Salvaje Oeste», Donald Trump, cuya ética y legalidad moral no parecen conocer más límites que los de su propia conciencia, a todas luces paranoica, recordándonos en parte a un Adolf Hitler actualizado.
El retorno del unilateralismo descarnado
La figura de Trump simboliza un giro hacia el unilateralismo más egoísta. Bajo su máxima de «America First», la política exterior se convierte en una extensión de su carácter personalista: un modelo de «líder supremo» donde la voluntad sustituye al consenso y la presión reemplaza a la diplomacia.
Que una potencia que se supone pertenece al mundo civilizado, como Estados Unidos, decida invadir un país soberano bajo el argumento de frenar un «hipotético» programa nuclear, representaría un desafío frontal al orden jurídico internacional construido tras 1945. Ese orden, aunque imperfecto y muchas veces instrumentalizado, sostiene un principio básico: ningún Estado puede imponer por la fuerza su visión del mundo sin consecuencias legales y políticas.
El «Colt 45» frente al Derecho Internacional
Trump, convencido de que en la aldea global no hay sitio más que para él y su Colt 45, desafía las normas tradicionales de la diplomacia. Dudo mucho que este pensamiento represente al noble pueblo estadounidense, amante de la paz y la democracia.
Cabe recordar que el 11 de marzo de 2018, fiel a su estilo de «matón de aldea», Trump decidió abandonar unilateralmente el acuerdo nuclear (PAIC) firmado en 2015 por las grandes potencias. Espoleado posiblemente por Benjamín Netanyahu —quien siempre ha sentido el aliento de sus enemigos iraníes en el cogote—, Trump parece ignorar que vivimos en el siglo XXI. Actúa como aquellos «yanquis» que, entre 1860 y 1890, movidos por la fiebre del oro, provocaron el exterminio de los nativos americanos.
Hoy, desenfunda contra Irán sin verificar si su aliado israelí está en lo cierto, ignorando que el orden contemporáneo no se basa solo en la fuerza, sino en tratados diseñados para evitar que la voluntad de un «bélico medio chiflado» prevalezca sobre el derecho colectivo. En esto, se asemeja al otro «rubio oxigenado», el sanguinario Vladímir Putin, en su invasión a Ucrania.
Un tablero de ajedrez con riesgos globales
La historia reciente nos advierte de los peligros de las «justificaciones preventivas». La invasión de Irak en 2003, bajo la administración de George W. Bush y la falsa premisa de las armas de destrucción masiva, erosionó la credibilidad del sistema internacional.
En un mundo globalizado, una acción militar ya no se limita al campo de batalla; la globalización conecta riesgos. Un conflicto con Irán dispararía una reacción en cadena:
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Crisis energética: El control del Estrecho de Ormuz es vital. Una guerra dispararía los precios del crudo, generando inflación global y golpeando las economías más frágiles.
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Volatilidad financiera: Veríamos una fuga masiva hacia activos refugio y el desplome de las bolsas.
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Crisis humanitaria: Desplazamientos masivos de población y una mayor radicalización política.
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El factor OTAN: El reciente ataque con misiles a Creta (territorio griego) podría activar el Artículo 5 de la Alianza Atlántica, internacionalizando el conflicto de forma irreversible.
La encrucijada final
¿Y ahora qué? La respuesta no es sencilla. El sistema internacional enfrenta el reto de contener la escalada y reforzar los mecanismos multilaterales. La pregunta no interpela solo a un líder, sino a toda la comunidad internacional. El equilibrio entre poder y legalidad definirá el mundo que emerja de esta crisis.
A estas alturas, salvo que seas un «alumno progre» (pero burro de la LOGSE), nadie ignora que un conflicto abierto entre Irán y la coalición de EE. UU., la OTAN e Israel, tendría consecuencias devastadoras. Las guerras regionales ya no se quedan en la región: se traducen en hambre, incertidumbre y fractura social a escala planetaria.
Y para no perder la buena costumbre de cerrar con la sabiduría de mi tierra canaria, diré: «Como la cosa siga por aquí así de jeringada, compadre, a final de mes me voy ya de arrancada para la costa, porque para la leche que da la cabra, mejor que se la beba el baifo». Así que, no me llore ahora, cristiano… ¡que casos se han dado! ¡Qué cosas!