Esta vivencia me toco vivirla a mi directamente. Yo entonces era funcionario contratado del Juzgado de 1ª Instancia e Instrucción de Guía, en el que estuve trabajando desde 1964 a 1968. Este Juzgado era Cabeza de Partido y su jurisdicción abarcaba más de media isla.

La historia que les voy a narrar ocurrió en el año 1.965. Había que ir a practicar una diligencia de embargo en un Restaurante-Bar del pueblo de Mogán, y el Secretario nos envió a Pepe Bautista y a mí a realizarla. El Procurador de la parte actora era Paulino Alamo y fuimos los tres en su coche que era una furgoneta Vanguard de color rojo con muchos años ya a sus espaldas.

Salimos a eso del mediodía y después de comer algo en Agaete seguimos para La Aldea y a continuación para Mogán. La carretera de La Aldea hasta Mogán aún no estaba asfaltada y era por tanto de tierra y muy estrecha. Menos mal, comentamos Pepe y yo que era la primera vez que la transitábamos, que el tráfico por aquí es mínimo porque apenas había espacio para cruzarse dos coches, hasta el punto que habían sitios estratégicos donde el ancho permitía realizar la operación sin riesgos, por lo que había que tocar la bocina con bastante frecuencia ante cualquier curva o desnivel. Paulino nos tranquilizaba pues él ya la conocía.

Llegamos a Mogán a eso de las cuatro de la tarde, que era la hora prevista,  y comenzamos de inmediato a practicar el embargo que se desarrolló sin ningún problema. Después de acabar todos los trámites nos tomamos un refresco y cogimos de nuevo el coche para regresar a Guía.

A todas estas eran ya cerca de las 6 de la tarde. Cuando íbamos a mitad de camino entre Mogán y La Aldea vemos con asombro que empieza a salir humo por el capó del coche. Paulino lo detiene inmediatamente y después de pararlo levantó la tapa del motor y el humo que salió era realmente preocupante. No había que ser muy entendido para adivinar que el refrigerador del coche se había quedado sin agua, pues era de ahí de dónde salía la humareda. Esperamos un buen rato hasta que la tapa se enfriara para abrirlo y efectivamente el refrigerador estaba seco y no paraba de salir humo. La peor noticia fue que no llevaba ninguna garrafa de agua en el maletero. Y la posibilidad de que pasará algún vehículo que nos auxiliara era muy remota, pues en todo el trayecto no nos habíamos cruzado con ninguno. Los días no eran muy largos, pues estábamos empezando la primavera, pero ya eran cerca de las siete de la tarde y apenas quedaría una hora para que anocheciera.

El problema que se nos planteaba era peliagudo pues o encontrábamos agua rápidamente o tendríamos que hacer noche en el coche, con el consiguiente susto para las familias sobre todo por la mala fama que tenía toda esa carretera desde Agaete. Así que había que buscar agua como fuera. Entonces se nos plantea el problema de como la transportábamos si llegábamos a encontrarla. Nos quedamos mirando uno para el otro hasta que a uno de los tres, sinceramente no me acuerdo a quien, se le encendió el bombillo y dijo que la podríamos transportar en las tasas de las ruedas. ¡Qué idea más genial!. Sin duda la necesidad agudiza el genio. Sin perder tiempo les quitamos al coche tres de las cuatro tasas y nos distribuimos por el  profundo barranco en busca de algún charquíto de agua. Alguna vez nos engañó el brillo de alguna botella pero al final dimos con un pequeño charco de la última lluvia y despacíto, muy despacíto y después de varios agotadores viajes por aquel barranco tan accidentado, fuimos llenando el dichoso radiador.

Les volvimos a colocar las tasas a las ruedas del coche y nos subimos a él cuando ya estaba empezando a anochecer, con el temor de que no se pusiera en marcha, pues se pudo haber averiado con el recalentón que se llevó. Pero no, hubo suerte, el coche arrancó sin problemas y así llegamos a Guía sin más sustos.

Cuando todo hubo pasado le recriminamos a Paulino que no hubiera revisado al menos el agua del radiador del coche ante un viaje tan largo. Lógicamente nos dio la razón y juró que nunca más se iba a olvidar, e incluso pondría permanentemente una garrafa de agua en el maletero. Les aseguro que hubo un momento que estábamos verdaderamente asustados.

Habían pasado un par de años de esta historia, cuando casualmente veo en el escaparate de una tienda de Las Nieves de Agaete una postal de las que se venden a los turistas, en la que figuraba una vista de los preciosos barrancos y en un extremo el coche de Paulino Alamo parado en la carretera de Mogán. Era inconfundible. Increíble pero cierto. Suponemos que la foto fue hecha desde algún sendero o camino que estuviera más alto, pues nosotros no vimos a nadie. Naturalmente la compre y cuando se la enseñe a Pepe Bautista y a Paulino Alamo, al igual que yo, no lo podían creer.

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