Todo Incluidos... Menos Canarias
Todo Incluidos... Menos Canarias
Todo incluido… menos Canarias

Soy de las que piensa que viajar y conocer nuevas culturas abre la mente. Sin embargo, aquí, en Canarias, viajar también puede cerrarla… a base de pulsera.

Te das cuenta nada más llegar al aeropuerto: ahí están, los valientes exploradores del siglo XXI, mochila en mano —o maleta de veintitrés kilos llenita de ropa de verano «typical spanish» comprada en Shein—, gafas de sol recién compradas —o recuperadas del baúl de los recuerdos, donde las guardaron a la vuelta de sus últimas vacaciones— y una ilusión tremenda por descubrir «la cultura de las islas».

«We want to live the real Canary experience» —dicen.

Y yo pensando: «sí, no les queda nada».

Veinte minutos después, una señora vestida cual azafata del Un, dos, tres, con una gran sonrisa forzada en la cara, les está dando la bienvenida en su idioma e indicándoles hacia dónde deben dirigirse para subirse al transfer que los llevará rumbo al hotel que los hará sentir como en casa. Y tanto, pues bien podría estar perfectamente ubicado en Manchester, Oslo o Birmingham, si no fuera por el clima y las palmeras.

Y entonces, comienza la verdadera aventura: una pulsera en la muñeca que les da nacionalidad durante unos días, buffet internacional adaptado a sus horarios de comida y a sus costumbres, música en su lengua materna… porque, claro, uno no cruza media Europa dejando atrás toda su vida así, de golpe. Faltaría más.

Uno de los camareros, Juan Antonio, de San Fernando de toda la vida, les sonríe mientras les sirve baked beans and eggs con la misma naturalidad con la que su madre le pone el potaje en la mesa los domingos.

«Amazing, very authentic food», responden ellos.

Él se limita a asentir, satisfecho de hacerlos felices con tan poco.

Pero lo mejor llega el segundo día, el día de la típica excursión programada por la agencia para llevarlos a conocer el entorno: visita guiada a la playa, pero no a la playa de callaos de Agaete, donde te dejas los ñoños tratando de llegar vivo a la orilla y, sobre todo, salir del agua, sino a la que está justo enfrente del hotel —no vaya a ser que se pierdan por el camino y no regresen a donde con tanto esmero los han recibido—, la que tiene un bar llamado «Drunken Monkey», donde sirven comida y bebida típica de sus países de origen a precio de oro.

Se tumban en las toallas con el nombre de la isla, piden una cerveza fresquita —nada de Tropical— y miran el mar y las olas como si fuera el salvapantallas del ordenador de su oficina.

«So beautiful Canary life…».

Y sí, lo es.

Menos mal que todavía no saben que a diez minutos de allí hay una cala preciosa donde el tiempo se detiene, el agua es cristalina y casi nunca hay nadie… excepto algún canario huyendo del estrés diario.

Menos mal que aún no invaden y destrozan los pequeños y mágicos rincones de nuestra querida isla. Claro que, de momento, el todo incluido no llega hasta allí.

Por la noche, empieza el show del entretenimiento, la inmersión cultural definitiva: el paseo por el centro comercial “típico” del sur, donde el tiempo se detuvo en los años sesenta y todo sigue siendo tal y como era entonces, pero adaptado a ellos —obviamente—: carteles en inglés, pubs irlandeses, música británica, banderas de otros países menos de España —porque eso es de fachas—, camareros hablando mejor en inglés que en su propia lengua.

«This place has such a vibe…»

Y yo, que solía bajar a Playa del Inglés a pasar las vacaciones en familia desde que era una niña, pienso en qué momento Irlanda colonizó el lugar y se adueñó de las calles, haciéndome sentir extranjera en mi propia tierra.

Mientras, ellos a lo suyo. Entran en su pub, piden su bebida, ven el fútbol de su país, cantan sus canciones y se sienten como si nunca se hubiesen alejado de casa, solo que en casa no les dejan hacer ni la mitad de las cosas que les permiten aquí. Y ese es el kit de la cuestión.

Vale que yo, que soy del norte de la isla, me siento extraña rodeada de tanto guiri, pero es que doña Juana, la señora que vive en la única casa que sigue en pie entre tanto apartamento turístico, tiene que ver cómo el guachinche en el que ha comido carne de cochino, papas arrugadas y vino abocado desde hace años empieza a mimetizarse con el entorno, poniendo carteles en otro idioma para poder seguir sobreviviendo.

Porque donde no hay banderitas, pulseras de todo incluido y carta en varios idiomas, no hay dinero fácil. Aunque acabe perdiéndose su esencia.

Y así van pasando los días: sumergidos en piscinas caldeadas de tanta gente y tanta crema solar, alcoholizados por todo lo que han consumido, con varios kilos de más por la variedad del buffet y con ropa comprada en el supermercado de enfrente que no volverán a ponerse nunca, hasta que llegan a su último día de las vacaciones. El día de comprar los famosos «souvenirs».

Un imán con un camello o una foto de la playa, una camiseta con la imagen del Roque Nublo —al que no han subido porque todavía allí no hay fish and chips— y, quizá, con un poco de suerte, un bote de mojo que se llevarán a casa y tendrán que buscar en internet para qué sirve.

«We loved the culture», dicen todos subiéndose a la guagua de regreso al aeropuerto, mientras que el chófer les sonríe, porque en el fondo sabe que todo esto no es culpa nuestra.

El turismo en Canarias se ha convertido en una comedia doblada de los Hermanos Marx: la miras, la disfrutas… pero nunca la escuchas en su versión original.

Y así, año tras año, en cada una de nuestras islas. Los mismos extranjeros en busca de lo mismo, encontrando lo de siempre, amando lo que ya conocen, perdiéndose la riqueza de nuestra tierra y nuestra cultura, sin saber que el verdadero sabor de Canarias no se encuentra dentro de cualquier buffet.

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