El mejor momento en la vida de quien escribe no llega con el punto final, ni cuando se despide de los personajes que lo han acompañado durante meses. Llega después, cuando el libro está listo. Cuando ya no queda nada que añadir ni que quitar, ni una sola coma que mover, y empieza a imaginar cómo irá la preventa. Cuando alguien le pregunta «¿y eso cuándo sale?» y, por fin, puede darle una fecha.
Ahí es cuando aparece el vértigo.
Publicar una novela es como abrir la puerta de casa y dejar salir a un hijo. Lo viste nacer y lo guiaste en sus primeros pasos. Lo acompañaste mientras crecía, lleno de contradicciones y de momentos que no llevaban a ninguna parte. Discutiste con él. Lo dejaste abandonado días enteros, convencida de que no servía para nada, hasta que una noche cualquiera, casi a escondidas, volviste a leerlo y descubriste que no era tan malo como creías.
Y así, poco a poco, se fue haciendo mayor.
El lector no piensa en nada de eso cuando sostiene el libro entre las manos. Recibe una cubierta bonita, un título, una sinopsis y unos cuantos cientos de páginas bien ordenadas. No ve los párrafos borrados, ni los personajes que no sobrevivieron a la última revisión, ni las madrugadas en que una idea llegaba justo cuando estabas a punto de dormirte y tenías que levantarte a oscuras para apuntarla antes de que se esfumara.
Tampoco sabe cuántas veces pensaste en dejarlo todo, segura de que esto no era para ti. Ni conoce el miedo a las críticas y al fracaso, que quizá sea la parte más íntima de escribir. Da igual que hayas publicado antes, que sepas cómo funciona una imprenta, que acumules cientos de reseñas o que hayas firmado decenas de ejemplares a gente que no conocías de nada. Con cada novela, el miedo vuelve.
«¿Gustará?»
«¿Querrán volver a leerme?»
«¿Se quedarán con ganas de más?»
Esa última es, seguramente, la pregunta que más le importa a quien escribe, porque publicar no es solo vender libros. Es verlos viajar, ocupar estanterías ajenas, aparecer en las fotos de quienes te leen. Y, sobre todo, es imaginar el instante exacto en que alguien a quien no conoces de nada abre tu novela. Puede que sea en un avión, en la cama antes de apagar la luz o en una cafetería, con el libro recién sacado del bolso y un café enfriándose al lado porque no consigue dejar de leer.
Durante unas horas, esa persona entrará en un mundo que solo existía dentro de tu cabeza. Conocerá a personajes que sacaste de la nada, se reirá o llorará con ellos e intentará adivinar el final antes de llegar a la última página.
Y entonces pasa lo inevitable: la novela deja de ser tuya. Toca dejarla marchar.
Mi nueva novela «Nadie dice la verdad. Un crimen en La Graciosa» está a punto de salir y, aunque no es la primera vez que vivo esto, siento exactamente lo mismo que las otras veces: ilusión, prisa por que llegue el día, orgullo y ese pellizco de miedo en el estómago que, sospecho, no se va nunca.
Ojalá no se vaya. El día que publicar un libro deje de emocionarme, tendré que preguntarme por qué sigo escribiendo.
De momento, mientras la historia termina de pasar de mis manos a otras, me quedo con esta sensación que no sé muy bien cómo explicar: saber que algo que durante tanto tiempo fue solo mío está a punto de conocer el mundo.
Y yo solo puedo quedarme en la puerta, verlo salir y desear que, en algún sitio, alguien lo esté esperando.



