Memorias de una Calabaza
Quién me iba a decir que mi destino era acabar mis días en este mundo abierta en canal, completamente vaciada y con una vela dentro. En mi familia, cuando nacemos en el huerto, rodeadas de nuestros amigos los tomates y los calabacines, solo aspiramos a madurar sin que interrumpan nuestro proceso y a morir aportando sabor en una rica receta otoñal.
Me llamo Hortensia, soy una calabaza y voy a contarte mi versión de la historia de cómo los humanos celebran la muerte… a nuestra costa.
Todo comenzó en octubre, cuando un agricultor de manos agrietadas y barriga prominente llegó al huerto acompañado de su nieta. La niña llevaba botas rojas y sonreía. Por algún extraño motivo, empecé a sospechar que mi destino estaba a punto de cambiar.
—¡Esa, abuelo! ¡Me gusta esa!
Su diminuto dedo me señalaba y reconozco que, por un segundo, me sentí halagada. Tras varios meses escuchando a las zanahorias alardear de ser siempre las preferidas, ser la elegida me resultaba reconfortante. Hasta que escuché lo que pretendía hacerme.
—La voy a vaciar y le voy a dibujar una cara terrorífica.
¿Vaciar?
Quise gritar, pero mi limitada anatomía me lo impedía y, por razones obvias, tampoco podía salir corriendo.
El agricultor me arrancó de mi hogar sin piedad y me llevó a una casa que olía a canela y a chocolate caliente. Me dejó sobre una mesa fría varias horas y aproveché para estudiar el entorno en busca de alguna manera inútil de librarme de su terrible idea. Todo a mi alrededor eran telarañas, murciélagos y fantasmas, decoración de un gusto bastante cuestionable, desde mi punto de vista.
Al caer la tarde, llegó el momento de mi ejecución.
El agricultor apareció con un cuchillo enorme, mientras la niña no dejaba de sonreír. Primero me cortaron parte de la cabeza, luego me vaciaron con una cuchara, poco a poco, hasta hacer desaparecer casi todas mis semillas y buena parte de mi pulpa.
—¡Qué asco! —gritó la niña.
Perdona, bonita. El asco es mutuo.
No contentos con eso, al acabar me tallaron unos ojos gigantes en forma de triángulo, una nariz diminuta y una sonrisa torcida que me daba un aspecto de psicópata satisfecha después de matar. La niña, sin embargo, estaba encantada, lo que me hizo reflexionar sobre el concepto que tienen los seres humanos de la belleza: yo preocupada por crecer y lucir una piel tersa y un color uniforme, y ellos prefiriéndome mutilada y decorada en lugar de asada y condimentada en el horno.
Me colocaron en la puerta de la casa con una vela blanca dentro y… algo en mí cambió. De repente, empecé a ver el mundo de otra manera. Seguía apreciando la luz y la humedad, como siempre, pero ahora también veía las sombras de los árboles proyectadas en la acera, las hojas secas acariciando el suelo, las estrellas escondidas tras las nubes.
—Por fin despiertas.
Un susurro procedente del otro lado del jardín llamó mi atención. Venía de una calabaza arrancada en plena pubertad que había caído en las mismas manos y ahora decoraba el muro de la casa de la vecina. Se llamaba Herminia y esa era su segunda noche allí. Aproveché para preguntarle qué hacíamos en aquel lugar y me contó la extraña costumbre de los humanos de colocar, para celebrar la festividad de Halloween, calabazas iluminadas con rostros agujereados y, según su versión de la historia, desde el momento en que nos utilizaban, adquiríamos la capacidad de ver a los muertos.
Me quedé alucinada. Hasta ese momento soñaba con ser la mejor crema de calabaza del mundo, pero confieso que la opción de hablar con los difuntos me parecía mil veces más atractiva. Después de todo, hasta tenía que agradecerle a la mocosa que me hubiera escogido.
—¿Y qué hacen los muertos? —pregunté.
—Lo mismo que los vivos. Algunos buscan compañía, otros desean regresar a casa y unos cuantos siguen convencidos de que tienen razón en discusiones que mantuvieron hace cuarenta años.
Antes de que me diera tiempo a soltar una carcajada, la puerta de la casa se abrió y la niña salió disfrazada de esqueleto, acompañada de su abuelo, que llevaba una imitación barata y de plástico de una de mis hermanas como complemento para recolectar dulces.
Minutos después, mientras intentaba localizar a la calabacita experimentada para seguir con la conversación que habíamos dejado a medias, apareció una señora mayor junto a la verja. Llevaba un vestido negro y unas zapatillas en punta que apenas rozaban el suelo. Me saludó de manera educada y yo hice lo mismo con toda la naturalidad del mundo, como si llevara siglos acostumbrada a hablar con entes sobrenaturales.
La mujer se acercó y contempló mi rostro iluminado.
—Qué bonita te han dejado. Mi nieta siempre me pedía que hiciéramos una así.
—¿Y por qué no la hizo?
La anciana sonrió con tristeza.
—Porque me marché antes de que llegara octubre.
Supe entonces que aquella mujer muerta era la abuela de la niña mutiladora de calabazas y, por mucho que me costara asumirlo, no sentí nada de miedo. Quizá el hecho de haber sido vaciada con una cuchara me hubiera hecho tolerante a todo.
—¿A qué vino? —pregunté.
—A ver a mi nieta, que hoy cumple ocho años. Siempre lo celebrábamos juntas, aunque ella insistía en que prefería una fiesta de Halloween a una de cumpleaños.
Miró hacia la casa y sus ojos se iluminaron.
—Acaban de salir —le dije—, pero puede entrar y esperarlos dentro.
—No puedo. Ya no pertenezco a este mundo.
—Acérquese —le pedí.
La anciana obedeció y, cuando extendió la mano hacia mi rostro, la llama de mi interior comenzó a crecer. No quemaba ni desprendía humo. Era una luz cálida, dorada, que envolvió a la mujer hasta hacerla brillar como una estrella.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
—No tengo ni idea. Soy una calabaza decorada y novata. Hasta esta mañana vivía en un huerto, rodeada de otras hortalizas.
La mujer sonrió y el aire se llenó de olor a petunias. Un segundo después, a través de ella, vi cómo el abuelo y la nieta regresaban a casa con el rostro alegre y la calabaza de plástico repleta de caramelos, ajenos a la presencia de la señora. Pero, al pasar junto a ella, la niña se detuvo.
—Abuelo, ¿hueles eso?
—¿El qué?
—Huele a petunias.
El hombre miró alrededor, desconcertado.
—La abuela siempre olía así —añadió la niña.
—Es verdad —admitió él.
La niña permaneció inmóvil unos segundos y, con un susurro imperceptible para todos menos para mí, dio las gracias a su abuela por acompañarla la noche de su cumpleaños.
La anciana se llevó una mano al pecho y comenzó a desaparecer con los ojos llenos de lágrimas, dedicándome un último «gracias» silencioso.
—Ahora lo entiendes —murmuró Herminia desde el muro.
—Creo que sí.
—Las personas creen que nos vacían para asustar a los espíritus, pero están equivocadas. Nos dejan huecas para hacer sitio a quienes todavía guardan en el corazón.
Durante el resto de la noche vi pasar decenas de figuras transparentes. Algunas caminaban apresuradas, otras se detenían frente a las ventanas y unas pocas parecían no recordar adónde se dirigían. Aquella noche descubrí que Halloween no era únicamente una celebración de disfraces, dulces y monstruos inventados, sino también una noche en la que la nostalgia encontraba la manera de hacerse visible.
Al amanecer, la vela se consumió y la magia desapareció con ella. Volví a ser una simple calabaza, inmóvil y mutilada, condenada a mirar el mundo a través de unos ojos triangulares tallados en una piel que, con el paso de los días, empezó a arrugarse y a oscurecerse, como les ocurría a tantas otras calabazas que habían corrido la misma suerte.
Y cuando ya estaba a punto de desaparecer del todo, una mañana la niña me recogió y me llevó de nuevo al huerto.
—El abuelo dice que ya estás fea —susurró—, pero yo creo que eres especial.
Me depositó junto a un pequeño rosal y comenzó a enterrarme mientras me decía que su abuela solía contarle que las cosas bonitas nunca desaparecían del todo. Solo se transformaban. Cuando terminó de cubrirme, dio unas palmaditas sobre la tierra y regresó a casa.
Y allí terminó mi historia o, mejor dicho, la primera de ellas, porque, al llegar la lluvia, mis semillas germinaron y dieron paso a pequeños brotes que, con la llegada del verano, se convirtieron en flores amarillas. Y en octubre, una nueva Hortensia, redonda y anaranjada, estaba preparada para celebrar otra noche de difuntos.
—¡Abuelo, mira! ¡Ha nacido otra!
Aquella noche volvió a colocarme junto a la puerta, con una sonrisa torcida tallada en la piel y una nueva luz dentro. Y volví a escuchar a Herminia dándome la bienvenida y a la anciana vestida de negro, que esta vez trajo el olor a petunias mucho antes de llegar a la verja.
Entonces comprendí algo que los humanos tardan toda una vida en aprender: que la muerte no siempre significa desaparecer y que, a veces, aquello que parece el final de una historia es simplemente la primera página de otra. Aunque, aquí entre nosotros, confieso que sigo pensando que podrían haberme explicado todo esto antes de clavarme un cuchillo en la cabeza.