Ecos De Un Amor Eterno
Ecos De Un Amor Eterno
«Ecos de un amor eterno»

Todo se llenó de alegría aquel verano de 1961.

—¡Es un niño! —anunció la comadrona con una sonrisa que muchos recordarían durante años.

El pequeño llegó al mundo con la piel tersa y morena, heredada de su padre; unos mofletes redondos que invitaban a colmarlos de besos y una mirada despierta que parecía querer descubrirlo todo desde el mismo instante en que abrió los ojos.

En la familia, cada cual encontraba en él un detalle que le robaba una sonrisa. La abuela Lola nunca se cansaba de contemplar aquella nariz respingona que tanto le enternecía.

—Este niño tiene una cara que enamora —decía mientras le acariciaba la frente.

A quienes entraban y salían de la casa los conquistaban sus labios gruesos, sus carcajadas y aquel inconfundible aroma a colonia de bebé que parecía anunciar su presencia incluso antes de verlo aparecer.

Creció rodeado de afecto durante la infancia y buena parte de la adolescencia. Allí donde iba despertaba simpatía. Poseía una mezcla de curiosidad, sensibilidad y pillería que hacía muy fácil quererlo.

Quizá fueron aquellos fines de semana en la Villa del Agua los que terminaron de moldear su carácter.

Allí aprendió, casi sin darse cuenta, el valor de las cosas sencillas: el olor de la tierra húmeda, el correr de los perinques sobre las piedras calientes, el murmullo constante del agua de riego, los paseos entre los árboles y las conversaciones pausadas con los mayores a cualquier hora del día.

Pero el tiempo, silencioso como siempre, fue cambiando las costumbres. El viejo Panda continuó subiendo y bajando por la carretera casi todos los fines de semana.

Solo que, poco a poco, comenzó a hacerlo sin él. Primero llegaron las clases y los amigos; más tarde aparecieron otros motivos para quedarse en la ciudad.

Su madre observaba aquellos viajes con una mezcla de nostalgia y resignación.

—¿No crees que estamos subiendo demasiado, niño? —preguntaba algunas veces a su esposo.

Sin embargo, nunca dejó de realizarlos. Quizá porque, en el fondo, cada viaje también alimentaba uno de sus mayores placeres: las flores.

El regreso era siempre el mismo. Dos pequeños bultos con ropa para lavar y, ocupando casi todo el coche, ramos de margaritas, claveles, gladiolos y flores silvestres.

Ya en casa, con una paciencia infinita, iba componiendo delicados centros de mesa que después repartía entre familiares y vecinos, quienes aguardaban aquellas flores casi con la misma ilusión con la que esperaban la llegada del fin de semana.

Mientras el Panda se abría paso por la carretera, su hijo comenzaba a recorrer un camino completamente distinto. Sin proponérselo, había encontrado el amor.

No ocurrió de golpe. Primero fue el deseo de prolongar cualquier conversación unos minutos más. Después llegó la costumbre de acompañarla. Más tarde, la necesidad de hacerle compañía el mayor tiempo posible. Y un día se dio cuenta de que había comenzado a medir las semanas por las horas que conseguía pasar a su lado.

Ella llegó a su vida con la discreción de quien jamás necesita llamar la atención para hacerse inolvidable.

Era tímida, aunque caminaba siempre con la cabeza alta, oteando el horizonte como quien sabe que el futuro merece ser conquistado. Poseía una inteligencia serena, una simpatía poco común y una manera de tratar a las personas que lograba hacerlas sentir importantes desde el primer instante.

—Buenos días.

Dos palabras bastaban para arrancar una sonrisa. Con ella descubrió que el amor no siempre entra haciendo ruido. A veces llega despacio, casi en silencio, hasta ocupar todos los rincones de la vida.

Cada encuentro era una pequeña celebración, un paseo sin rumbo, una conversación interminable y unas manos que terminaban encontrándose sin buscarse.

Una mirada compartida. O un silencio capaz de decir mucho más que cualquier palabra.

Sin darse cuenta, comenzaron a construir ese universo diminuto donde dos personas llegan a sentirse protegidas del resto del mundo.

Parecía una de esas historias destinadas a envejecer lentamente, acumulando fotografías, aniversarios y recuerdos.

Después nació la niña.

Cuando la sostuvo por primera vez entre sus brazos comprendió que la felicidad podía tener el tamaño exacto de aquel pequeño cuerpo que dormía ajeno al mundo. Miró a la mujer que amaba y ella le devolvió la mirada. No hicieron falta palabras. Los dos supieron que aquel instante permanecería con ellos para siempre.

Pero la vida rara vez pregunta antes de cambiar el rumbo. Hay días que comienzan como cualquier otro y, sin embargo, terminan dividiendo una existencia en un antes y un después.

Fue él quien se marchó demasiado pronto. La muerte irrumpió sin avisar, arrebatando de golpe todos los años que aún les quedaban por vivir juntos.

Ella permaneció de pie, con su bebé entre los brazos, una casa llena de proyectos inacabados y un amor que la muerte había interrumpido, pero no conseguido destruir.

Aún conservo las dos fotografías que él me entregó la última vez que hablamos.

—Algún día entenderás lo que significan.

Las depositó en mis manos con un cuidado reverencial. Quiso hablarme de los amores capaces de cambiar una vida, de las decisiones difíciles, de las renuncias, de la memoria. Pero yo apenas era un muchacho. Diez años de diferencia eran entonces un océano imposible de cruzar.

Escuchaba sus palabras sin alcanzar todavía a comprenderlas.

Mi mundo seguía hecho de juegos, de curiosidad y de preguntas sin respuesta. Con el paso de los años descubrí que aquella conversación que estuvo dirigida al niño que era entonces, iba en busca de un adulto que nunca pudo encontrar. Tal vez por eso sigue persiguiendome esa tristeza infinita.

Las fotografías eran dos Polaroid ligeramente desgastadas por el tiempo y por esa mala costumbre de cuidar cada vez menos las cosas a medida que pasaban los años.

En una aparecen subiendo al barco de la famosa calesita del parque de atracciones de Maspalomas. Él la mira mientras el carrusel comienza a girar. No observa el parque ni mira a la gente. Solo la contempla a ella, como si durante unos segundos el resto del mundo hubiera dejado de existir.

Ella ríe con esa felicidad limpia. A mi edad, iluso, no comprendía que aquella era la mirada de quien se siente profundamente amado.

La segunda fotografía siempre consigue detenerme un poco más. Están montados en el Pitirulo y, entre ambos, sostienen con infinita ternura a su pequeña. Él rodea con delicadeza la cintura de la mujer que ama. Ella inclina la cabeza para besarlo mientras la niña descansa protegida entre los dos. No parece una fotografía; parece un instante al que el tiempo decidió conceder el privilegio de permanecer inmóvil.

Cada vez que vuelvo a contemplarlas tengo la impresión de que siguen hablándose. Las risas continúan resonando, las miradas todavía se buscan. Y aquel abrazo, de algún modo inexplicable, aún no ha terminado.

Comprendí demasiado tarde que algunas historias de amor no se miden por el número de años compartidos; se miden por la huella que dejan en quienes tuvieron la fortuna de presenciarlas.

Y aquella bebé que ambos abrazaban es hoy una mujer que, cuando alguien le pregunta si todavía cree en el amor, sonríe con la misma luz que un día quedó atrapada en aquellas fotografías magníficas fotografías.

Entonces responde:

—Sí, porque yo nací dentro de una historia de amor. Y aunque la muerte se llevó demasiado pronto a mi padre, nunca consiguió borrar lo que mis él fue capaz de sentir.

Las dos fotografías siguen descansando entre las páginas del álbum familiar más querido.

El papel ha envejecido, los colores se han ido apagando. Pero hay sentimientos para los que el tiempo nunca encuentra la manera de desteñirlos.

Porque existen amores que terminan.

Y existen otros que, sencillamente, aprenden a vivir para siempre en la memoria de quienes los amaron.

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Victorio Pérez emociona a Gáldar con un pregón que recuerda que «todos somos pregoneros»

El conocido periodista, hijo de Gáldar, recorrió sus recuerdos personales, estrechamente ligados a las Fiestas Mayores de Santiago y a la historia reciente de la ciudad La ciudad de Gáldar vivió con emoción uno de los momentos centrales de las 544ª Fiestas Mayores de Santiago con el Pregón del periodista galdense Victorio Pérez Moreno, que escogió hacerlo sobre el escenario del Centro Cultural Guaires en homenaje a su padre, técnico del teatro hasta el día de su fallecimiento. Arropado por el alcalde de Gáldar, Teodoro Sosa, el primer teniente de alcalde y concejal de Cultura y Fiestas del Ayuntamiento de Gáldar, Julio Mateo Castillo, la corporación municipal y la pregonera de las Fiestas Mayores de Santiago 2025, Mari Naty Saavedra, encargada de presentarlo, Victorio Pérez desgranó los recuerdos de su vida, profundamente ligados a las Fiestas Mayores de Santiago desde su infancia. “Probablemente, sus vivencias están unidas a las mías” aseguró a los asistentes, “eso es lo que tiene este pueblo. Todos estamos conectados. Todos somos comunidad. Todos somos pregoneros”. Así, el periodista iba rememorando sus vivencias siendo muy pequeño en las carrozas ataviado con los disfraces elaborados por su abuela Siona, “una superheroína”, portando la bandera de Santiago para izarla el primer día de julio, ejerciendo de monaguillo, acudiendo a la Feria de Ganado con los animales de su abuelo, disfrutando de la fiesta en la plaza chica o preparando carretas ya de adolescente. Siempre codo con codo con vecinos y amigos, tal y como aprendió de sus padres. “Rita y Victorio me enseñaron que la mejor forma de vivir es convivir. Colaborar. Echar una mano”. Y eso es algo que Victorio Pérez Moreno ha llevado a rajatabla tanto en su vida personal como profesional, siempre con Gáldar por bandera. Así lo demostraba el montaje que reproducía para todos los asistentes y que resumía sus 20 años de trayectoria en Televisión Canaria. “Somos un pueblo que unido es más fuerte”, afirmaba, “una sola tierra que tiene la fortuna de estar separada por mar. Si ponen su mano en el pecho, notarán el latido de un sólo corazón: Canarias”. El periodista guardaba además una última sorpresa, una recreación virtual de Gáldar desde su época aborigen hasta el día de hoy reflejando la transformación del municipio. “Participen en todo lo que puedan porque así se hacen las Fiestas de Santiago, así se hace pueblo”, explicaba. “Necesitamos momentos de encuentro en comunidad. Silenciar el ruido, el insulto, el odio que asoma en el mundo. Con visión feminista y sin perder la humanidad. Gracias Gáldar por hacerme sentir profeta en mi tierra”, concluyó. El alcalde de Gáldar, Teodoro Sosa, elogió la cercanía y sencillez del pregonero, “si hay algo que todos valoramos de ti es que el éxito nunca te ha cambiado”, destacando su brillante trayectoria profesional, «además de magnífico periodista eres sobre todo un galdense ejemplar y esta noche tu pueblo te ha devuelto una pequeña parte del cariño que tú le has demostrado durante toda tu vida”. El primer edil afirmó que “tu madre, Rita, no puede estar más orgullosa de ti y tu padre, Rivilla, estoy seguro de que allá donde esté, ha esbozado una gran sonrisa. Esta noche nos has hecho comprender que un pregón no consiste solo en contar la vida de quien lo pronuncia. consiste en despertar la memoria de todo un pueblo y eso es exactamente lo que has conseguido”. Por su parte el primer teniente de alcalde y concejal de Cultura y Fiestas del Ayuntamiento de Gáldar, Julio Mateo Castillo, recordaba que “estas 544ª Fiestas Mayores de Santiago tienen un significado muy especial. Son las fiestas que nos preparan para el Año Santo Jacobeo 2027”. Dirigiéndose a Victorio Pérez daba las gracias al pregonero “por presumir de Gáldar allá por donde vas, gracias por seguir siendo el hijo de Rita la de la lotería, por seguir teniendo la sencillez y la esencia pese a que Una Hora Menos te ha hecho famoso en toda Canarias. Y gracias por elegir este Centro Cultural Guaires, tan especial para tu familia.” El acto arrancaba con la actuación de Patricia Muñoz y culminaba con las notas del Himno Oficial de la Real Ciudad de Gáldar “Un Bolero para Gáldar”. Las 544ª Fiestas Mayores de Santiago están organizadas por la concejalía de Cultura y Fiestas del Ayuntamiento de Gáldar que dirige el primer teniente de alcalde Julio Mateo Castillo.