Hay algo profundamente hipócrita en el ser humano: necesitar ver a veintidós personas corriendo detrás de un balón para poder dejar de discutir entre nosotros y convivir en paz durante noventa minutos.
Durante el tiempo que dura un partido de fútbol, desaparecen todas las ideologías. Los ricos se abrazan a los pobres, los inmigrantes celebran con quienes hasta hace un momento quieren deportarlos, los obreros sacuden con fervor los hombros de los empresarios a los que critican y acusan de ser los culpables de todos los males del país. Las diferencias de raza, religión, orientación sexual, ideología política o clase social quedan en stand by en la parte más alejada de las gradas mientras miles de gargantas gritan al unísono exactamente lo mismo.
Qué curioso.
Al parecer esto no es nuevo; llevamos siglos demostrando que somos capaces de hacerlo y, sin embargo, por algo que aún no logro entender, seguimos eligiendo no hacerlo.
Yo creo que el problema nunca ha sido el color de nuestra piel, ni el idioma o las fronteras entre países; tampoco el dinero o las ideas personales. El gran problema siempre ha sido la falta de voluntad y la sobra de egocentrismo.
Nos encantan las tertulias con amigos comentando lo mal que está todo, lo roto que está el mundo y los cambios que deberían hacerse, mientras vivimos esperando el siguiente partido del mundial para demostrar cuánto de hipócritas somos. Porque durante esos minutos, durante ese breve paréntesis en el que los hospitales se vacían de enfermos y las calles parecen desérticas, nadie habla de guerras o de lo cara que está la cesta de la compra. Nadie recuerda la cantidad de niños que hay acostándose sin cenar o los robos que se están cometiendo no muy lejos. Las redes sociales dejan de ser trincheras políticas para convertirse en colecciones de fotos donde abundan los abrazos, las lágrimas y las banderas amarillas y rojas. Incluso quienes llevan años sin hablarse encuentran la excusa perfecta para sonreír juntos.
Hasta que el árbitro pita el final.
Entonces todo vuelve a su sitio.
Regresan los insultos, los prejuicios, la indiferencia y el odio. Volvemos a mirar con desconfianza al vecino que hace una hora abrazábamos sin preguntarle a quién votaba, cuánto dinero tenía o dónde había nacido. Volvemos a tachar de facha a quien lleva una bandera de pulsera o «demasiado liberal» al que se hace llamar a sí mismo «elle». Y eso es lo más triste del Mundial; más que la propia existencia del odio, la pobreza o las guerras.
Lo insoportable es ser consciente de que somos capaces de olvidarnos de algo durante noventa minutos, pero nunca lo suficientemente valientes como intentar hacerlo durante el resto de nuestras vidas unidos por un objetivo común: convivir sin molestar al prójimo.
Puede que el fútbol siga siendo el único deporte capaz de unir a millones de personas a lo largo y ancho de todos los continentes, pero también es el recordatorio más cruel de que el ser humano, pudiendo vivir unido, sigue escogiendo dividirse.
