A las ocho de la mañana, ya había cola para reservar la sala de prensa del edificio del Gobierno y todo alrededor rebosaba de actividad. En la puerta de la entrada, un letrero anunciaba: Ministerio de las Excusas. Pase sin llamar si quiere conocer la otra versión de los hechos.
Uno de los ministros entró con cara de pocos amigos ante la gran avalancha de personas que lo asediaban sedientos de respuestas.
—¿Qué ha pasado ahora?
El asesor número cincuenta levantó la vista del ordenador y lo miró despreocupado.
—¿Qué versión quiere? ¿La corta?
—La que menos titulares genere.
—Esa se agotó hace tres legislaturas.
En la sala contigua a la de prensa trabajaban sin parar los expertos intentando cambiar los nombres a los problemas. A los impuestos los iban a llamar «contribuciones solidarias al país»; a las subidas de los precios las nombrarían, a partir de ahora, «ajustes dinámicos»; para los retrasos en los pagos o en todo aquello que tuviera que haberse anunciado ya y que aún no se hubiera hecho se le llamaría «optimización»; y, por supuesto, para todo lo que saliese mal, se utilizaría el concepto de «contexto complejo».
Mientras tanto, en el ala opuesta del edificio, la oposición preparaba su reunión semanal de cuatro minutos de duración donde el lema principal era votar todo lo contrario a lo que dijera el Gobierno. Aprobado por unanimidad.
En otra oficina, una planta más arriba funcionaba a destajo el Departamento Nacional de Promesas, un almacén enorme lleno de estanterías repletas de campañas electorales sin terminar y carpetas vacías, pero, eso sí, etiquetadas: «vivienda asequible», «sanidad reforzada», «subida salarial», «bajada de impuestos», «aumento de las pensiones», «mejoras en el empleo» … Todas llenas de polvo y sin nada dentro y es que, según el funcionario al cargo, si las abrieran y las llenasen de documentos, tendrían que trabajar en ellas y la población esperaría que se llevasen a cabo. Y entonces, ¿qué les quedaría para prometer para las siguientes elecciones?
Aquella mañana, desde el programa de AR llegó una noticia que hizo que Gobierno y oposición activasen inmediatamente el Protocolo Rojo de Emergencias: los ciudadanos empezaban a ponerse de acuerdo y salían a la calle en grupos manifestándose por lo mismo.
—¡Rápido! ¡Busquen algún tema random por el que discutir y desviar la atención!
En menos de veinte minutos todo el congreso se enfrentaba por el color de las papeleras públicas haciendo que las aguas se calmaran y todo volviese a la normalidad. Los tertulianos de la tele respiraron tranquilos y los medios digitales modificaron sus portadas. Las redes sociales recuperaron su nivel normal de hate y los ciudadanos volvieron a sus casas haciéndose la misma pregunta de siempre: «¿pero esta gente cuándo trabaja?» Una pregunta a la que nadie parecía tener respuesta y que ni siquiera tratarían de buscar pues estaba a punto de comenzar la rueda de prensa y todos querían saber cuántas serían las excusas que se habrían inventado durante el fin de semana.
