Hubo un tiempo, quizá ya borroso en la memoria colectiva, en el que encender la televisión para ver una mesa de debate político implicaba la posibilidad de aprender algo. Hoy, esa esperanza es casi una ingenuidad. La pequeña pantalla ha sustituido el dato por el grito y la formación académica por la obediencia al partido de turno. Lo que antes era un foro de ideas se ha transformado en un boxeo de lodo, donde el «analista político» ya no analiza: sentencia, insulta y, lo que es más peligroso, ejecuta maniobras de distracción masiva.
El espejismo del experto: Mucho ruido y pocas nueces
Es fascinante, por no decir aterrador, observar cómo personajes que no sabrían desglosar un presupuesto público ni identificar las variables de la coyuntura macroeconómica de España, se sientan con aire de suficiencia a dictar cátedra. Estos nuevos «gurús» de la opinión carecen de la más mínima sensibilidad hacia la realidad social de las calles que dicen defender.
Su labor no es informar, sino agitar. Se han convertido en profesionales de la gesticulación teatral. La táctica es siempre la misma: ante la falta de argumentos técnicos sobre economía o política exterior, se recurre al ataque personal. El disidente no es alguien con quien se discrepa; es un enemigo al que hay que aniquilar civilmente.
La estrategia de la falsa agresión y el monopolio del bulo
Uno de los fenómenos más degradantes de la actual televisión es la instrumentalización del victimismo. Hemos llegado a un punto en el que se fabrican agresiones, se retuercen los hechos y se inventan persecuciones con un objetivo quirúrgico: judicializar la política y encarcelar al adversario, o al menos, expulsarlo del espacio público.
Lo paradójico —y cínico— es que quienes más claman contra la «máquina del fango» y los bulos suelen ser los arquitectos jefes de la desinformación. Es el mundo al revés: el agresor se presenta como agredido y el propagador de noticias falsas se erige en guardián de la verdad. Esta degradación no es accidental; es una herramienta de control social diseñada para que el espectador deje de pensar y empiece, simplemente, a odiar.
2014: El origen del nuevo tablero
Para entender cómo hemos llegado a este lodazal, es imprescindible mirar hacia atrás, concretamente a enero de 2014. El comunismo, una ideología que a lo largo del siglo XX dejó un rastro de cicatrices imborrables en la historia, encontró en España una nueva piel.
El 17 de enero de 2014 no solo nació un partido político bajo el nombre de Podemos; nació una forma de entender la comunicación política basada en el asalto mediático. Aprovechando el eco del movimiento 15-M y el descontento real de una ciudadanía castigada por la crisis, figuras como Pablo Iglesias supieron colonizar los platós de televisión antes que las instituciones.
Hitos de una irrupción meteórica:
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El Manifiesto «Mover Ficha»: El 12 de enero, intelectuales y activistas prepararon el terreno para lo que sería una opa hostil al sistema bipartidista.
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El Teatro del Barrio: La presentación oficial en Lavapiés marcó el inicio de una narrativa que prometía «asaltar los cielos» pero que, a menudo, terminó asaltando la convivencia.
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El Sorpasso mediático: En apenas cuatro meses, lograron 1,2 millones de votos en las Europeas de mayo de 2014. No fue un triunfo de la gestión, sino de la visibilidad catódica.
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Vistalegre I: En octubre de ese mismo año, el partido se estructuró en torno a un liderazgo hiperpersonalista, blindando una maquinaria de propaganda que hoy sigue dictando, en gran medida, los temas de las tertulias más broncas.
Conclusión: El precio de la desinformación
La degradación de los programas de televisión no es un problema estético, es un problema democrático. Cuando el análisis político se convierte en una extensión de la lucha de trincheras del comunismo más sectario o de la manipulación emocional, el ciudadano pierde.
España necesita analistas que entiendan el BOE, que comprendan los mercados y que respeten la libertad ajena. Mientras sigamos premiando el espectáculo del insulto y la invención de agresiones para silenciar al prójimo, seguiremos condenados a una televisión que, en lugar de iluminar, solo proyecta sombras. La libertad de expresión no debería ser el salvoconducto para la difamación sistemática.
