Pachamama
Pachamama
PACHAMAMA por Olga Valiente

La Tierra no siempre fue como la conocemos. Hubo un tiempo —antes de los nombres, de los mapas e, incluso, de que la empezaran a mirar con ojos humanos normales y corrientes— en el que, simplemente, era. Respiraba en silencio en mitad del universo, giraba tranquila, sin prisa, y guardaba en su interior grandes historias que aún no habían sido vividas.

Nadie la llamaba «Planeta Tierra». Nadie la dividía en continentes. Nadie creía poseerla. Y, sin embargo, ya sentía.

Hasta que, por fin, estuvo lista para dejar que llegaran a ella.

Primero, el agua encontró su propio camino, deslizándose suave pero insistentemente, rellenando cada grieta y hendidura; después, comenzó a brotar la vida.

Mientras tanto, ella se mantenía expectante, observando. Experimentando y sintiendo cómo, cada raíz, de cada árbol, la acariciaba por dentro en busca de su hueco, cómo cada criatura iba dejando una huella diferente sobre su piel.

Y le gustaba.

Con los años, aparecieron los humanos. Al principio eran pequeños y frágiles, casi invisibles en comparación con la inmensidad de los bosques y océanos. Se movían despacio, mirando a las estrellas con asombro y escuchando el viento… como si les evocara algún viejo recuerdo.

—Estos son diferentes —pensó la Tierra.

Y es que, en estos humanos, había algo que los hacía diferentes. Algo que ella no había visto antes.

Los años fueron pasando y, los humanos, fueron creciendo y evolucionando: construyeron, rompieron, reconstruyeron, destrozaron… Pusieron nombre a cada rincón, como si les perteneciera; se adueñaron de cada montaña que veían, poniendo límites; cada estrella visible, recibió un apodo; diseñaron diferentes lenguajes y levantaron barreras en mitad de la nada a las que llamaron «fronteras». Y con todo ello, se apropiaron del mundo entero.

Mientras la Tierra, seguía observando.

—Se han olvidado de lo más importante: escuchar —susurró una noche para sus adentros, al tiempo que empezaron a aparecer luces artificiales que brillaban más que las propias estrellas.

Algunos días, el dolor se volvía insoportable. No lo sentía como los humanos, ni lo manifestaba como ellos, con lágrimas y gritos, pero sí le causaba una presión profunda, lenta y constante que la hacía sentir cada vez más tensa. Como si algo dentro de ella estuviera a punto de estallar.

Los árboles comenzaron a caer, los mares a cambiar y el aire a volverse cada vez más contaminado. Y, aun así, seguía respirando.

—¿Por qué no los detienes? —preguntó el viento una tarde—. ¿Por qué los sigues protegiendo?

La Tierra guardó silencio unos segundos, los suficientes para tomar conciencia de la importancia de la respuesta.

—Porque, en el fondo, todavía sienten algo —respondió—. Aunque parezcan irrespetuosos, sé que todavía son capaces de recordar y cambiar.

El viento no lo entendió.

Una noche, en algún lugar del mundo en la cara amable del mundo, donde el sol brilla casi todos los días del año y la temperatura se mantiene agradable, una niña de siete años se tumbó en la hierba de su jardín. Miró al cielo, a las nubes con formas divertidas, respiró profundo y cerró los ojos, apoyando una mano sobre su pecho y otra contra el suelo.

—Estás viva, mi preciosa Pachamama —susurró.

La Tierra la sintió. Por fin alguien, entre tantos millones de pasos, de ruido y de prisas, la había escuchado. Y por primera vez en mucho tiempo, algo en su interior se relajó.

«No todo está perdido», pensó.

Y es que la Tierra no necesita ser salvada, ella es sabia. Solo necesita ser recordada como lo que siempre ha sido, como lo que siempre ha representado para los seres humanos: un hogar que se siente, un latido constante bajo nuestros pies, un susurro antiguo que espera, paciente y tranquila, a que alguien vuelva a escucharla, a sentirla.

Y mientras gira y gira, sin detenerse, alrededor del Sol, seguirá hablando a través del mar, del viento, del crujir de las ramas de los árboles… hasta que alguien, además de esa niña, la esuche.

 

 

 

 

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Julio Cesar Dia Del Libro
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Escribir desde la orilla del silencio: El grito del autor ante el Día del Libro

Cada 23 de abril, el calendario nos invita a rendir honores a la palabra escrita. Es una fecha que, sobre el papel, debería ser un reconocimiento sincero a la vocación literaria. Sin embargo, para muchos de nosotros —especialmente en nuestra tierra canaria—, esta jornada se vive con un inevitable matiz de desencanto. Es la celebración de un ecosistema que parece haber olvidado su motor principal: el autor. Mi vida transcurrió en la mar. Como marino mercante, aprendí a entender los silencios del océano. En paralelo, casi como un refugio íntimo durante las largas travesías, fui cultivando la escritura. Con el tiempo, esa afición se convirtió en una parte esencial de mi identidad; una manera de preservar historias, tradiciones y la memoria viva de nuestras islas. Hoy, ya jubilado, cuento con 15 libros publicados que abarcan desde la novela y el ensayo hasta tratados sobre nuestro léxico canario. A pesar de las segundas y terceras ediciones, me sigo considerando un humilde escritor novel que escribe con lo que yo llamo la “libertad de los condenados”. El laberinto institucional: ¿Dónde está el escritor? A pesar del esfuerzo y el compromiso con nuestra identidad, surge una pregunta incómoda: ¿Qué lugar ocupa realmente el escritor novel en nuestra sociedad? La respuesta es, a menudo, desalentadora. Existe una brecha evidente en el apoyo de las administraciones públicas. Es paradójico observar cómo se destinan recursos ingentes a deportes, carnavales o ferias sectoriales, mientras la creación literaria queda abandonada a la iniciativa individual. El escritor se enfrenta a un camino solitario, sin el respaldo necesario para dar a conocer su obra. Si bien es justo reconocer gestos como el del Cabildo de Gran Canaria, que facilita un punto de venta, no es suficiente. Una librería institucional que vende a comisión no soluciona el problema de fondo: la invisibilidad física en los eventos de relevancia. ¿Feria del Libro o Feria del Librero? No me malinterpreten: las ferias anuales son necesarias, pero tal vez su nombre sea impreciso. Hoy por hoy, se asemejan más a una «Feria del Librero». Los ayuntamientos organizan eventos pensados para la venta comercial, olvidando a los autores noveles o a quienes apuestan por la autoedición, negándoles un espacio o una caseta propia. Lo que propongo es una implicación real en todo el proceso, desde que el manuscrito toma forma hasta que llega al lector. Porque la cultura no se defiende solo instalando casetas para que las autoridades se cuelguen una medalla; se defiende poniendo al creador en el centro, especialmente si es un vecino del municipio que escribe sobre su propia realidad. «Un pueblo que no facilita la difusión de sus escritores corre el riesgo de perder su memoria y su identidad.» La resistencia a través de la red Para que mis libros sean económicamente accesibles, he tenido que «saltarme» los eslabones tradicionales. Al eliminar los márgenes que se llevan editores, distribuidores y grandes superficies —que pueden alcanzar hasta el 60% o 70% del precio final—, logro que la obra llegue al lector por un precio justo. Gracias a la era digital, utilizo la venta online y plataformas como Amazon para subsistir. Pero sin el apoyo de las instituciones locales en las ferias presenciales, el camino se vuelve una pendiente demasiado empinada. Es por esto que el 90% de los futuros talentos literarios abandonan: no todos tienen la fortuna de ser jubilados y poder escribir por puro «amor al arte». Un compromiso con el futuro Canarias posee un patrimonio narrativo extraordinario marcado por el mar y la tradición. Pero ese patrimonio necesita voces que lo cuenten, y esas voces necesitan ser escuchadas. De lo contrario, como decimos aquí, sucederá aquello de “a conejo huido, palos a la madriguera”. Este Día del Libro no debe limitarse a actos simbólicos. Debe ser un momento de reflexión y compromiso. No pedimos privilegios ni protagonismo desmedido; reclamamos oportunidades y un apoyo coherente con la importancia de la cultura. Ojalá llegue el día en que escribir en Canarias no sea un acto de resistencia, sino una labor acompañada y valorada. Mientras tanto, seguiremos escribiendo. El escritor, por ley natural, morirá algún día, pero su obra quedará latente y viva. Mi más sincera felicitación a todos esos valientes que se atreven a expresarse a través de la literatura y no mueren en el intento. A ellos les dedico aquellas palabras que Don Quijote le decía a Sancho: «Sábete Sancho, que la virtud que vale por sí sola se hereda o se cultiva, pero de la ignorancia… ¡Apártate!, que es la madre de todos los males».