La hora de cenar
No tengo nada contra First Dates. Cada uno consume el entretenimiento que le apetece, y cada programa tiene su público: hay quien disfruta viendo a dos desconocidos buscar el amor delante de una cámara, y quien cambia de canal antes de que aparezca el primer comensal. Hasta ahí, nada que objetar.
Mi problema no es el programa. Es la hora a la que lo ponen.
En Canarias, a esa hora muchas familias todavía están sentadas a la mesa con sus hijos pequeños, y la televisión empieza a llenarse de conversaciones que poco tienen que ver con el romanticismo: preguntas sobre preferencias sexuales en los primeros minutos de una cita, dobles sentidos constantes, comentarios de contenido claramente sexual. Un vocabulario que ya no resulta anecdótico, sino parte habitual del formato.
Y entonces llega la escena de siempre: un niño pregunta «mamá, ¿qué significa eso?», y los adultos hacemos otra vez el mismo ejercicio de traducción improvisada. Cambiamos de tema, respondemos a medias, buscamos el mando a distancia para no tener que explicar, a esa hora y sin previo aviso, algo que no esperábamos abordar todavía.
No se trata de esconder la realidad. Los niños crecerán y hablarán de sexo, de relaciones, de afectividad, y deben hacerlo con naturalidad y educación. Pero hay una diferencia enorme entre educar y exponer, y no todo contenido es adecuado para cualquier momento del día.
Las cadenas conocen perfectamente sus franjas horarias. Saben cuándo hay millones de menores delante de la pantalla, saben que muchas familias tienen la televisión encendida mientras preparan la cena o terminan los deberes. Por eso sorprende que determinados contenidos se programen con tanta normalidad en un horario que, tradicionalmente, se ha considerado de protección infantil.
No pido censura, ni que estos programas desaparezcan. Pido, simplemente, coherencia. Porque clasificar un contenido por edades sirve de poco si se emite cuando los menores todavía están despiertos, y la responsabilidad no puede recaer solo sobre las familias, obligadas a vigilar cada palabra que sale del televisor mientras intentan compartir con sus hijos un rato tan cotidiano como cenar.
A veces olvidamos que la televisión también educa, aunque no se lo proponga: normaliza formas de hablar, de relacionarse, de entender el mundo.
Quizá haya llegado el momento de preguntarnos no qué programas queremos emitir, sino cuándo es el momento adecuado para hacerlo. Porque proteger la infancia no es apagar la televisión. Es no tener que hacerlo.