Parece que fue ayer, pero han pasado 23 años. Los que ya peinamos canas recordamos perfectamente aquel grito que inundó las calles. Pues bien, este marzo de 2026, Pedro Sánchez ha decidido desempolvar el lema del «No a la Guerra». Y no es solo una frase para los titulares; es una declaración de intenciones en toda regla frente a la escalada de tensión entre Irán, Israel y Estados Unidos.
Pero claro, la política real nunca es tan sencilla como una pancarta. Y menos cuando entra en juego la tecnología militar de vanguardia.
El portazo a Washington
Lo primero que ha quedado claro es que Madrid no quiere líos ofensivos. España se ha plantado ante Estados Unidos y ha dicho que nada de usar las bases de Rota y Morón para misiones contra Irán. Es un movimiento valiente —o arriesgado, según a quién le preguntes— que busca marcar una distancia prudencial con las represalias de Washington.
Sin embargo, aquí viene el «pero» que está levantando ampollas. Mientras decimos que no a las bases, la fragata Cristóbal Colón ya va camino de Chipre. Y ojo, que no estamos enviando un patrullero de vigilancia costera.
La «joya de la corona» en el avispero
La F-105 es, sencillamente, lo más avanzado que tiene la Armada Española. Para que nos entendamos: es un escudo flotante. Su corazón es el sistema de combate Aegis, un cerebro electrónico capaz de rastrear y atacar objetivos en el aire, en la superficie y bajo el agua, todo al mismo tiempo.
Si te acercas a ella, lo que más impresiona es su radar SPY-1D. No gira como los de las pelis antiguas; son cuatro paneles fijos que «miran» en todas direcciones a la vez, cubriendo un radio de más de 500 kilómetros. Si algo vuela en esa zona, la Colón lo sabe antes que nadie. Además, va armada hasta los dientes con un lanzador vertical (VLS) de 48 celdas, donde guarda desde misiles antiaéreos Standard SM-2 hasta los Evolved SeaSparrow.
Es una máquina diseñada para la guerra total, y que España la envíe a proteger a Francia en Chipre mientras grita «No a la guerra» es, cuanto menos, una paradoja difícil de digerir.
Nuestros 1.100 militares en el terreno
A veces se nos olvida, pero España tiene a día de hoy a unos 1.100 militares desplegados en el polvorín regional. No están allí de vacaciones; están en medio de un tablero donde las piezas se mueven cada hora:
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En el Líbano tenemos el grueso: Unos 700 efectivos en la base «Miguel de Cervantes». Su trabajo es vigilar la «Línea Azul» entre Israel y Líbano. Es, probablemente, el lugar más caliente ahora mismo.
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En Irak hay otros 275: Labores de adiestramiento para que el Daesh no vuelva a asomar la cabeza. De hecho, está previsto que en mayo un general español asuma el mando de la misión de la OTAN allí.
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En Turquía, 150 más: Manejando una batería de misiles Patriot para proteger a la población de posibles ataques balísticos desde Siria.
Máxima alerta y maletas listas
La orden desde el Ministerio de Defensa es clara: alerta máxima. Las tropas siguen en sus puestos, pero bajo medidas de seguridad que no se veían en años. La neutralidad que vende el Gobierno es, en el fondo, una misión de paz, pero nadie ignora que pertenecemos a la OTAN. Y en la OTAN, si uno se mete en un charco, los demás suelen terminar salpicados.
Mientras tanto, la preocupación real está en la calle. Ya se han fletado aviones comerciales para repatriar a los españoles que estaban en Irán y el Líbano. Cuando el cielo se vuelve inseguro, lo mejor es traer a la gente de vuelta a casa por la vía rápida.
En resumen: estamos en ese momento delicado en el que el corazón pide «No a la guerra», pero los compromisos internacionales y la presencia de una bestia tecnológica como la F-105 en la zona nos recuerdan que la paz, a veces, se mantiene con el dedo cerca del gatillo. Habrá que ver si el «No a la guerra» 2.0 aguanta el tirón de una realidad que no parece querer darnos un respiro.