Arrivederci, Florencia… pero volveremos (3ª Jornada)
Viaje A Italia 3er Día
Viaje A Italia 3er Día

La jornada comenzó temprano, bajo esa luz especial que solo Florencia sabe proyectar sobre sus fachadas de piedra. Iniciamos un nuevo recorrido a pie, convencidos de lo que bien decía Alexis Ravelo: “Las ciudades son libros que se leen con los pies”. Y así, página a página, fuimos descifrando la capital del Renacimiento: caminando, observando y dejándonos envolver por la historia que emana de cada rincón.

Un museo bajo el cielo de la Toscana

Durante la mañana, nuestro itinerario nos llevó por distintas iglesias y enclaves emblemáticos, culminando este primer tramo en el impresionante Palazzo Vecchio y la majestuosa Piazza della Signoria. Allí, el arte no se encierra entre cuatro paredes; se respira. Pudimos contemplar algunas de las esculturas más representativas del genio humano: la imponente réplica del David de Miguel Ángel, el soberbio Neptuno, la fuerza de Hércules y Caco, y el dramatismo de Perseo sosteniendo la cabeza de Medusa. Un auténtico museo al aire libre que desafía el paso de los siglos.

La resistencia sobre el Arno

Fue inevitable notar la enorme afluencia de turistas que, como nosotros, recorren estas calles a diario. Nos unimos a ese flujo constante hasta alcanzar la ribera del río Arno. Allí nos detuvimos ante el emblemático Ponte Vecchio. Este puente, que une ambas orillas desde hace casi 700 años, no es solo una estructura arquitectónica; es un símbolo de la resistencia histórica de Florencia, habiendo sobrevivido a guerras y al desgaste del tiempo.

Tras la inmersión cultural, buscamos el pulso cotidiano en el Mercado de San Lorenzo. Siempre vibrante y lleno de vida, nos permitió recargar energías disfrutando de su variada y auténtica oferta gastronómica.

Huellas de gloria y el camino hacia Livorno

Ya por la tarde, visitamos la Basílica de la Santa Croce, un lugar donde el silencio habla de la grandeza del pensamiento italiano. Allí reposan figuras ilustres como Dante Alighieri (en su memoria simbólica) y otros grandes nombres que dieron forma a la literatura y la filosofía europea.

Nuestra jornada concluye ahora con la llegada a Livorno, la ciudad que nos acoge para iniciar la siguiente fase de esta experiencia Erasmus+. Nos aguarda el encuentro con el CPIA de Livorno, centro homólogo al nuestro, con el que compartiremos aprendizajes y analizaremos de cerca el funcionamiento de la educación de personas adultas en Italia.

Una reflexión necesaria

Más allá de la belleza indiscutible de Florencia, este día nos deja una tarea pendiente. La masificación turística, cada vez más evidente, parece estar desconectando a la ciudad de su propia esencia. Surge entonces una pregunta clave para nuestro tiempo:

¿Qué queremos hacer con nuestras ciudades?

¿Convertirlas en meros escenarios al servicio del turismo, desplazando a quienes las habitan, o preservar su alma, devolviéndoles la vida que durante siglos las ha definido? En pleno siglo XXI, el equilibrio entre desarrollo y conservación se presenta como uno de los grandes retos de nuestras sociedades.

Nos despedimos de Florencia con gratitud, con la mochila llena de aprendizajes y la certeza de que este viaje, en realidad, no ha hecho más que empezar.

CEPA Las Palmas Viaje Cultural a Italia

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Capitan Manuel Damía Guimerá
Articulos
Redacción NorteGranCanaria

Homenaje póstumo a mi amigo, colega y maestro, capitán Manuel Damía Guimerá

Ayer zarpó hacia su último puerto de destino, el Capitán Manuel Damiá Guimerá, maestro, colega, amigo y faro de mi juventud profesional, por lo que hice un paréntesis en mis artículos de opinión diario, para dedicarle a él, que tanto le gustaba escucharme y leer mis historias, ésta, que nunca le conté, pero que estoy seguro que hoy la leerá desde el Cielo con la misa ilusión y atención, que cuando se las contaba en el puente del buque Tajo, y me decía… ¡Julio esa es buena!  Tienes que incluirla en tu próximo libro que escribe “Historias de la Mar. Ahí te va, para ti Manolo, convertida en artículo de opinión y homenaje póstumo, porque “los viejos lobos de mar”, sabemos que los capitanes como tú, que no se van del todo. Se quedan en la mar que nos enseñaron a querer. ¡Grande Manolo! Esta mañana como de costumbre, me senté delante de mí portátil, dispuesto a preparar la crónica de hoy viernes, y cuando ya prácticamente la tenía acabada, recibí un WhatsApp desde Castellón de mi buena y vieja amiga Isabel, esposa del también viejo y entrañable amigo, el Capitan Manuel Damiá Guimerá, a quien conozco desde que era Oficial Alumno de Puente y hacia mis prácticas en el buque Duero de la Naviera Pinillos, donde él ejercía de primer oficial. Luego acabada las practicas, me embarqué en un buque inglés y perdimos todo contacto, hasta que regresé a España y él al enterase que estaba buscando nuevo barco, me reclamó para el suyo, donde ahora era Capitan; El Tajo, de la misma naviera donde yo había hecho buena parte de mis prácticas de mar. Con él ingresé de tercer oficial, ascendí a segundo y luego a primero, hasta que la compañía me destinó a Tierra para sustituir, provisionalmente al delegado que existía en Las Palmas, ya que éste se iba de vacaciones.  Después de esto, ya no coincidimos en ningún otro barco, pero nuestra amistad perduró, a pesar de que apenas nos veíamos. Él era un fan de mis libros y publicaciones y yo desde que acababa uno nuevo, se lo hacía llegar Llevaba unos ya 18 años jubilado y ayer me comunicó su esposa qué, mi querido y admirado “Capitán Manuel Damiá Guimerá”, maestro, colega, amigo y faro de mi juventud profesional, había   zarpado hacia su último puerto de destino.  Por lo que, automáticamente me detuve en el artículo que estaba escribiendo, para hacer uno distinto que pudiera dedicárselo a él, y en calidad de homenaje póstumo, recordando que tanto le gustaba escucharme y leer mis historias, y esta nueva, que nunca le conté, pero que estoy seguro que, hoy la leerá desde el Cielo con la misa ilusión y atención, que cuando se las leía en borrador en el puente del buque Tajo y me decía… ¡Julio esa es buena!  Tienes que incluirla en tu próximo libro que escribes de “Historias de la Mar”. Sabe bien amigo Manolo, que aquel libro, ya lo acabé y publiqué con mucho éxito, por cierto, pues ya van tres ediciones entre España y Sudamerioca.  Pero yo quiero contarte hoy otra nueva ,  que para que te entretengas mientras, en ese viaje que te llevará al Cielo junto al Todopoderoso, te entretengas una vez más leyéndome. Así que, ahí te va amigo Manolo. “El mes en que la mar me dejó varado… en el hielo” Hay recuerdos que regresan como una marea lenta: primero un olor, luego un ruido, después una imagen. Y cuando uno menos lo espera, ahí está de nuevo la juventud, llamando a la puerta como un viejo camarada que viene a tomar un café y a recordarte que la vida, pese a todo, sigue siendo hermosa. Hoy, mientras España navega entre temporales que parecen no escampar, me ha dado por rescatar una vivencia que nació en un ciclón y terminó siendo una historia cálida, casi tierna. Por ello quiero dedicarla a ti, que fuiste mi maestro, mi capitán y mi amigo, Manuel Damiá Guimerá, que ayer has emprendido tu última singladura.  “Ana: la primera vez que la muerte me miró a los ojos” Aquel viaje a Canadá comenzó con mal gesto. Nos cruzamos con el “ciclón tropical Ana” que, aunque ya venía subiendo por la costa Este de los Estados Unidos perdiendo fuelle, conservaba la “mala leche” suficiente como para recordarnos que la mar, cuando quiere, se convierte en un animal vivo. Mi barco tenía 150 metros de eslora, 30.000 toneladas, moderno, orgullos, pero se movía como si alguien lo hubiera agarrado por la quilla y lo estuviera sacudiendo para ver qué caía dentro. El viento no soplaba, “mordía como un perro de presa canario” que no quería soltarnos. Las olas no rompían: “caían como muro de piedra”. Y yo, joven tercer oficial de puente, descubrí que la muerte tiene cara… y que era “fea como el demonio”. Pero sobrevivimos. Y llegamos a nuestro destino, Canadá. Porque sabes bien que los marinos no navegamos; “resistimos”. Y porque yo llevaba en la cabeza las enseñanzas de aquel hombre que sabía leer la mar como otros leen un libro; el Capitán Guimerá. “Summer Side: cuando el océano se volvió piedra” Llegamos a “Summer Side”, en la Isla del Príncipe Eduardo, (Canadá) el 28 de diciembre. El termómetro marcaba –18 ºC, que ya es suficiente para que, a un canario como yo, se le congelaran hasta los recuerdos. Dos días después bajó a “–25 ºC”, y la bahía entera se convirtió en una lápida blanca. El barco quedó atrapado, inmóvil, prisionero del hielo como un juguete olvidado por un gigante distraído. La mar, aquella mar que días antes rugía como una fiera, ahora era un silencio absoluto. Un silencio que no se oía; se sentía. Allí estuvimos atracados “un mes entero”, sin podernos mover, esperando a que un rompehielos de la Armada canadiense viniera a rescatarnos. Un mes de frío, de rutinas suspendidas, de vida detenida… y de una sorpresa que aún hoy me hace sonreír.  Target: la flecha que