Puentes sobre el Mediterráneo: Una jornada de aprendizaje y hermandad en Livorno (5a Jornada)
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Hay días que se definen por el ritmo de los pasos y la intensidad de lo compartido. Hoy ha sido, sin duda, una de esas jornadas de «remangarse» y sumergirse en la realidad del CPIA 1 Livorno, un referente en la educación de adultos en Italia que nos ha abierto sus puertas de par en par.

Desde el CEPA Las Palmas, hemos tenido el privilegio de adentrarnos en el corazón de su vida académica. No ha sido una visita superficial; hemos explorado sus dinámicas organizativas, sus metodologías de aula y esos proyectos que dan vida a sus espacios. Lo hemos hecho, además, en la mejor compañía: junto a colegas de diversos centros de la Comunidad de Madrid, convirtiendo la mañana en un foro vivo de intercambio de buenas prácticas.

El factor humano: Hospitalidad y aprendizaje

Si algo define el éxito de esta experiencia es la huella que deja en quienes la protagonizan. Nuestro alumnado no solo regresa con nuevos conocimientos, sino con la calidez de una acogida que rompe cualquier barrera idiomática. La hospitalidad italiana ha sido el hilo conductor de una mañana donde la educación se ha sentido, por encima de todo, como un lenguaje universal.

Tras el trabajo matutino y una pausa necesaria para el almuerzo, la tarde nos ofreció una perspectiva distinta de la ciudad. A bordo de una barca, recorrimos los canales de la “Venezia Nuova”. Este barrio, diseñado por arquitectos e ingenieros venecianos y holandeses, es un testimonio de piedra y agua sobre cómo las culturas se entrelazan para construir algo único.

Un proyecto con voz propia

A pesar de un cielo que amenazaba con empañar el plan, la lluvia nos dio tregua en los momentos precisos. En medio de esta atmósfera, tuvimos la oportunidad de compartir nuestra labor con RTVE Canarias. Esta entrevista supone una plataforma fundamental para dar visibilidad a nuestro proyecto Erasmus+, poniendo en valor el esfuerzo diario que realizamos en el ámbito de la educación de personas adultas.

Reflexión: Dos orillas, un mismo espíritu

Al caer la tarde, es inevitable trazar paralelismos. Livorno y Las Palmas de Gran Canaria guardan un parecido que va más allá de lo estético. Ambas son ciudades que respiran a través de sus puertos, que han crecido mirando al horizonte y que comparten una identidad forjada en el mestizaje y la acogida.

Incluso el cielo gris de hoy parecía un recordatorio: cuando existe un propósito común y conexiones humanas reales, la distancia geográfica entre el Mediterráneo y el Atlántico no es más que una anécdota. Volvemos al hotel con la mochila llena de ideas y el convencimiento de que, en educación, cruzar fronteras es la mejor forma de encontrarse.

CEPA Las Palmas Viaje Cultural a Italia

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Capitan Manuel Damía Guimerá
Articulos
Redacción NorteGranCanaria

Homenaje póstumo a mi amigo, colega y maestro, capitán Manuel Damía Guimerá

Ayer zarpó hacia su último puerto de destino, el Capitán Manuel Damiá Guimerá, maestro, colega, amigo y faro de mi juventud profesional, por lo que hice un paréntesis en mis artículos de opinión diario, para dedicarle a él, que tanto le gustaba escucharme y leer mis historias, ésta, que nunca le conté, pero que estoy seguro que hoy la leerá desde el Cielo con la misa ilusión y atención, que cuando se las contaba en el puente del buque Tajo, y me decía… ¡Julio esa es buena!  Tienes que incluirla en tu próximo libro que escribe “Historias de la Mar. Ahí te va, para ti Manolo, convertida en artículo de opinión y homenaje póstumo, porque “los viejos lobos de mar”, sabemos que los capitanes como tú, que no se van del todo. Se quedan en la mar que nos enseñaron a querer. ¡Grande Manolo! Esta mañana como de costumbre, me senté delante de mí portátil, dispuesto a preparar la crónica de hoy viernes, y cuando ya prácticamente la tenía acabada, recibí un WhatsApp desde Castellón de mi buena y vieja amiga Isabel, esposa del también viejo y entrañable amigo, el Capitan Manuel Damiá Guimerá, a quien conozco desde que era Oficial Alumno de Puente y hacia mis prácticas en el buque Duero de la Naviera Pinillos, donde él ejercía de primer oficial. Luego acabada las practicas, me embarqué en un buque inglés y perdimos todo contacto, hasta que regresé a España y él al enterase que estaba buscando nuevo barco, me reclamó para el suyo, donde ahora era Capitan; El Tajo, de la misma naviera donde yo había hecho buena parte de mis prácticas de mar. Con él ingresé de tercer oficial, ascendí a segundo y luego a primero, hasta que la compañía me destinó a Tierra para sustituir, provisionalmente al delegado que existía en Las Palmas, ya que éste se iba de vacaciones.  Después de esto, ya no coincidimos en ningún otro barco, pero nuestra amistad perduró, a pesar de que apenas nos veíamos. Él era un fan de mis libros y publicaciones y yo desde que acababa uno nuevo, se lo hacía llegar Llevaba unos ya 18 años jubilado y ayer me comunicó su esposa qué, mi querido y admirado “Capitán Manuel Damiá Guimerá”, maestro, colega, amigo y faro de mi juventud profesional, había   zarpado hacia su último puerto de destino.  Por lo que, automáticamente me detuve en el artículo que estaba escribiendo, para hacer uno distinto que pudiera dedicárselo a él, y en calidad de homenaje póstumo, recordando que tanto le gustaba escucharme y leer mis historias, y esta nueva, que nunca le conté, pero que estoy seguro que, hoy la leerá desde el Cielo con la misa ilusión y atención, que cuando se las leía en borrador en el puente del buque Tajo y me decía… ¡Julio esa es buena!  Tienes que incluirla en tu próximo libro que escribes de “Historias de la Mar”. Sabe bien amigo Manolo, que aquel libro, ya lo acabé y publiqué con mucho éxito, por cierto, pues ya van tres ediciones entre España y Sudamerioca.  Pero yo quiero contarte hoy otra nueva ,  que para que te entretengas mientras, en ese viaje que te llevará al Cielo junto al Todopoderoso, te entretengas una vez más leyéndome. Así que, ahí te va amigo Manolo. “El mes en que la mar me dejó varado… en el hielo” Hay recuerdos que regresan como una marea lenta: primero un olor, luego un ruido, después una imagen. Y cuando uno menos lo espera, ahí está de nuevo la juventud, llamando a la puerta como un viejo camarada que viene a tomar un café y a recordarte que la vida, pese a todo, sigue siendo hermosa. Hoy, mientras España navega entre temporales que parecen no escampar, me ha dado por rescatar una vivencia que nació en un ciclón y terminó siendo una historia cálida, casi tierna. Por ello quiero dedicarla a ti, que fuiste mi maestro, mi capitán y mi amigo, Manuel Damiá Guimerá, que ayer has emprendido tu última singladura.  “Ana: la primera vez que la muerte me miró a los ojos” Aquel viaje a Canadá comenzó con mal gesto. Nos cruzamos con el “ciclón tropical Ana” que, aunque ya venía subiendo por la costa Este de los Estados Unidos perdiendo fuelle, conservaba la “mala leche” suficiente como para recordarnos que la mar, cuando quiere, se convierte en un animal vivo. Mi barco tenía 150 metros de eslora, 30.000 toneladas, moderno, orgullos, pero se movía como si alguien lo hubiera agarrado por la quilla y lo estuviera sacudiendo para ver qué caía dentro. El viento no soplaba, “mordía como un perro de presa canario” que no quería soltarnos. Las olas no rompían: “caían como muro de piedra”. Y yo, joven tercer oficial de puente, descubrí que la muerte tiene cara… y que era “fea como el demonio”. Pero sobrevivimos. Y llegamos a nuestro destino, Canadá. Porque sabes bien que los marinos no navegamos; “resistimos”. Y porque yo llevaba en la cabeza las enseñanzas de aquel hombre que sabía leer la mar como otros leen un libro; el Capitán Guimerá. “Summer Side: cuando el océano se volvió piedra” Llegamos a “Summer Side”, en la Isla del Príncipe Eduardo, (Canadá) el 28 de diciembre. El termómetro marcaba –18 ºC, que ya es suficiente para que, a un canario como yo, se le congelaran hasta los recuerdos. Dos días después bajó a “–25 ºC”, y la bahía entera se convirtió en una lápida blanca. El barco quedó atrapado, inmóvil, prisionero del hielo como un juguete olvidado por un gigante distraído. La mar, aquella mar que días antes rugía como una fiera, ahora era un silencio absoluto. Un silencio que no se oía; se sentía. Allí estuvimos atracados “un mes entero”, sin podernos mover, esperando a que un rompehielos de la Armada canadiense viniera a rescatarnos. Un mes de frío, de rutinas suspendidas, de vida detenida… y de una sorpresa que aún hoy me hace sonreír.  Target: la flecha que