12 octubre 2026 · 15:04

Apocalipsis

11 de marzo de 2026

Todos a mi alrededor no paran de decir que el clima se está volviendo loco. Pero yo no opino lo mismo.

Estoy completamente convencida de que el clima conserva todo su juicio. Los que estamos perdiendo la cordura —del todo— somos nosotros.

Y es que esto ya no debería parecernos tan novedoso. Desde hace unos años, el tiempo en Canarias nos viene demostrando que la lógica es un concepto completamente sobrevalorado. Ahora lo que se lleva es innovar.

El lunes podemos amanecer con el Teide nevado —una vista preciosa si tienes la suerte de vivir en el norte y verlo cada día—; el martes, puede que el sol decida asomarse y podemos salir a por el pan en cholas y con camiseta hawaiana; el miércoles es probable que nuestro ayuntamiento active la alerta por vientos y fenómenos costeros —prepárense para el suspenso de la actividad escolar—; el jueves, cómo no, calima; el viernes, lluvia de barro y plaga de langostas; y el fin de semana, por si aún nos quedaban dudas de si se habría algún carnaval sin agua, lo más probable es que llueva y se desborden las presas.

A este paso, lo único que nos queda por ver es que aparezcan los cuatro jinetes del apocalipsis y tengan que cortar la autopista del norte… ¡A ver quién aguanta las colas!

Me imagino a los pobres meteorólogos: encerrados en sus despachos, mirando cómo las flechas rojas se mezclan con las azules en todos los puntos y en ninguno a la vez, buscando la mejor manera de explicarnos lo que se viene por el oeste. Antes salían en la televisión alegres y sonrientes, señalando el mapa, las flechas y los gráficos de colores. Ahora, salen con cara de haber perdido una apuesta y sintiéndose culpables por lo que se viene.

—Bueno, mañana tendremos sol… durante cinco minutos… aunque lo más probable es que nos alcance la borrasca Guayarmina… que se cruce con la tormenta tropical que viene desde el oeste. Quizá la masa de polvo de Mauritania deje también un fisquito de calima que hará que lo notemos en la garganta… o no. Podremos salir a trabajar en manga corta a las seis de la mañana porque la temperatura estará en torno a los 17 grados… aunque la sensación térmica será de menos 5 y querrás morirte…

El mapa del tiempo ya no es un mapa. Es, más bien, una ruleta de la fortuna —o un bingo atmosférico, según cómo se mire—.

Mientras, la gente de a pie, los supervivientes de este loco mundo, hemos desarrollado una habilidad extraordinaria: vestirnos para todas las estaciones del año al mismo tiempo —o convertir el maletero del coche en un armario improvisado lleno de «por si acaso»—, convirtiéndonos en seres dignos de un experimento de laboratorio. Cholas, pantalón corto, camiseta de verano, gafas de sol, chaqueta de esquí, bufanda, paraguas… Todo por si acaso.

Hace una semana, sin ir más lejos, salí de casa con un sol radiante. El cielo estaba despejado y la temperatura era agradable, era el típico día en el que piensas lo bien que sentaría pasear por Las Canteras y tomarse un vinito en una terraza.

Quince minutos después: viento huracanado, granizo, un nubarrón gris oscuro del tamaño de la isla de La Gomera… y de fondo mi madre gritando: ¡cierra la ventana que en la tele dicen que viene calima!

Calima. Fenómeno meteorológico que ya hasta nuestros vecinos peninsulares conocen. Nuestra tan querida calima, sensación de andar todo el día sumergido en sopa caliente llena de tropezones de tierra donde te suenas y descubres que tus mocos estuvieron en los Indianos, pero con pan rallado.

Las presas llenas, los barrancos como toboganes del parque acuático, agricultores mirando al cielo con mezcla de gratitud y sospecha. Porque cuando llueve es bueno, sí, pero también sospechoso —«eso es pa´ más calor», «nos comeremos las uvas en la playa a cuarenta grados»—. Hasta que vuelve el sol…

Antes teníamos ropa de invierno y ropa de verano. Ahora, sin embargo, mis chaquetas comparten percha con las camisas de tirantes, mis bañadores descansan junto a las bufandas de hilo que me regala mi madre y las botas de agua dejan sin espacio a las sandalias. Yo lo llamo «ropa de incertidumbre climática».

Y luego está el paraguas. Eso que antes era un objeto que, cuando lo necesitas, nunca sabías donde lo tenías porque nunca lo usabas y ahora va contigo siempre, aunque no sobreviva al soplido de un niño pequeño y tengas que comprarte otro en el bazar de la esquina.

Total, que en Canarias no nos ha quedado otra que darnos cuenta de que el clima se está convirtiendo en un amigo más: siempre está para una fiesta, pero nunca para cuando lo necesitas y, por supuesto, siempre dispuesto a sorprenderte.

Y mientras los meteorólogos siguen intentando entender lo que pasa, nosotros hemos aceptado una verdad simple: aquí ya no vivimos en un archipiélago. Vivimos dentro de un experimento meteorológico en directo. Eso sí, con el Teide nevado, las presas llenas, el mar rugiendo contra las rocas y el cielo cambiando cada media hora. Y si mañana cae una tormenta de ranas…

La verdad, tampoco nos va a sorprender demasiado.

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