¿Quién recuerda el instante exacto en el que un simple árbol dejó de pertenecer a un lado para empezar a pertenecer a otro? El viento nunca ha pedido permiso para cruzar lugares; las nubes jamás han necesitado pasaporte; y los pájaros siempre han volado sin saber que cierto día, bajo sus alas, alguien decidió dibujar una línea invisible.
Las fronteras solo existen para quienes necesitan creer que el mundo puede dividirse, aunque eso nunca llegue a suceder.
Siempre que viajo, me gusta imaginarme a mí misma dentro de un mapa, cruzando de un lado a otro con solo saltar por encima de una raya. No es que busque cambiar de país, sino que, más bien, disfruto descubriendo lo curiosos que son los lugares donde termina cierto país y empieza el siguiente. Una grieta en la tierra, una carretera sin asfaltar, una señal… y a ambos lados, la misma hierba, el mismo sol, el mismo aire.
Y cuando llego a esos lugares y me asomo, comprendo que las fronteras no son más que una extraña invención, necesaria para el ser humano, pero inexistente, al fin y al cabo. El verano de 2010 tuve la suerte de sentarme, durante unos minutos, en una roca situada en el límite entre dos pequeños países europeos, y observar a una mariposa. Vi cómo cruzaba la línea varias veces, de un lado a otro, repitiendo el trayecto en círculos con la misma naturalidad de quien jamás ha escuchado hablar de límites.
Pensé en lo afortunada que era. Ella nunca sabrá a qué lugar pertenece, de dónde viene ni hacia dónde se dirige. Siempre será libre.
Cuando el sol comenzó a esconderse, la frontera desapareció, la oscuridad se apoderó de ella y ambos lados dejaron de diferenciarse. La noche los cubrió con la misma intensidad, demostrando que, para ella, no existían las divisiones.
Regresé a casa con la sensación de haber descubierto un antiguo secreto: las fronteras no son físicas, no están hechas de piedra ni de alambradas, solo de acuerdos silenciosos, sostenidos por quienes deciden creerlas. Quizá por eso el mar, los ríos, la lluvia y los árboles llevan tantos años intentando recordarnos que el mundo ya existía mucho antes de nuestro empeño por dibujarlo.
Y sospecho que, cuando ya no quede nadie para señalar aquellas líneas sobre los mapas, el viento seguirá cruzándolas sin darse cuenta de que alguna vez existieron.
