La final del Mundial 2026 no fue solo un partido de fútbol más, sin duda alguna fue una lección magistral sobre la diferencia entre saber ganar y no saber perder. En términos más precisos el mundo puedo encontrar la diferencia entre la elegancia del vencedor y la pantomima de los que se niegan a aceptar la realidad. Una final que no solo coronó a un campeón sin que hizo andrajos y desnudó de virtudes al perdedor.
España es campeona del mundo. Sí, campeona del mundo. Léanlo despacio, o mejor, bicampeona del mundo, por si todavía a alguien le cuesta digerirlo. Como diría el amigo “el resultado no es un error tipográfico”. Sencillamente es la consecuencia de competir con valores y con juego limpio, además de fútbol.
El deporte, y el fútbol en particular, no es solo un espectáculo. Es un espejo social. Lo que ocurre en el campo se proyecta en las gradas, en las pantallas de las televisiones, en los patios de colegio y en las conversaciones familiares. Cada comportamiento deja huella. El deporte tiene una dimensión ética ineludible como explico en las aulas de la universidad, educa, influye y, obviamente, modela comportamientos. Se sustenta en valores que lo hacen posible y admirable. Valores como el respeto al rival, el fair play, el control emocional, el esfuerzo, la disciplina, la autosuperación, el ejemplo y la dignidad entre otros. Estos valores son la base que permite que el deporte sea algo más que un juego, sin duda es una escuela de vida. Una escuela donde algunos aprenden y los no aplicados, desaprenden.
Mientras España dejó que hablara el balón, Argentina pareció convencida de que el reglamento era una sugerencia, algo así como la letra pequeña de los contratos que nadie lee: 26 faltas, 6 tarjetas amarillas y 1 roja. Un balance que impresiona, aunque, por desgracia para ellos, las faltas no cuentan como goles ni las tarjetas se canjean por Copas del Mundo. Si así fuera, Argentina estaría a un paso de la hegemonía ad eternum. En cualquier caso, todos sabemos que el fútbol tiene esa manía intrínseca en su desarrollo, se decide en el campo, jugando al fútbol.
El fútbol, por su masividad, multiplica el impacto de cada gesto. Cuando un jugador celebra con humildad, deja una magnífica impronta porque enseña al auditorio, tanto al presencial como al virtual. Si se insulta al árbitro, se normaliza las faltas de respeto. Cuando se agrede tras perder, se transmite que la frustración se resuelve únicamente con violencia. Cuando se da la espalda al campeón, se dice socialmente que, el reconocimiento al mérito ajeno es opcional para aquellos jugadores carentes de valores. Todos fuimos testigos directos que la derrota puede ser aún más reveladora que el propio resultado.
El mundo entero puedo comprobar cuando sonó el pitido final que, España celebraba con la serenidad de quien sabe que ha conquistado el título más importante en el deporte del balompié. Argentina, en cambio, decidió prolongar el encuentro, pero en otros deportes en los que soy especialista, en Deportes de Lucha y Artes Marciales. En cualquier caso, en los Deportes de Lucha y en las Artes Marciales hay respeto, disciplina, valores, que, en esta final de fútbol, tristemente a Argentina ni se les veía ni se les esperaba. En las Artes Marciales y en la mayoría de los Deportes de Lucha, el honor es innegociable.
Leandro Paredes, con una elegancia difícil de localizar incluso con lupa, agredió a Gavi y a Eric García, mientras Thiago Almada se sumaba a la escena para completar una coreografía entrópica que nada tenía que ver con el fútbol. Injustificable, sí. Pero también revelador. Al final del partido, cuando se acaba el juego, Argentina, fuera de lo que se espera de una “gran selección” encontró una forma de seguir compitiendo, aunque no sabemos en qué.
En cualquier caso, el último acto, el más lamentable. Se sucedió en la entrega de la Copa del Mundo. Los jugadores argentinos dieron la espalda a la selección española a modo de pataleta pueril, si me apuran a modo de berrinche neonatal en un intento de ignorar una realidad que es imposible de borrar y es que España era la campeona del Mundo. Un acto tan absurdo como inútil que, en vez de elevar el prestigio de la selección lo desecha como ejemplo de lo que sería la honra y la dignidad del que sabe perder. Para eso hace falta, elegancia y clase, la que no tuvieron en el desarrollo del juego durante todo el partido. Créanme como maestro de Artes Marciales que, la derrota no humilla, es la actitud ante ella lo que hace que sea humillante.
Un jugador de nuestra selección española resume en una frase todo lo que se ha expuesto, en palabras de Dani Olmo, «Somos un ejemplo, ellos deben serlo». Dicho de otra manera, nosotros hablamos con fútbol y ellos responden con una frustración desmedida y sin control. En esa línea, la prensa internacional tampoco se anduvo con pañitos calientes. The Telegraph tituló: «España le ganó a la delincuencia argentina», mientras exjugadores y analistas calificaban las imágenes de «repugnantes».
Cuando los medios de distintos países coinciden en el diagnóstico expuesto previamente, quizá ya no estemos hablando de pasión competitiva, sino de una preocupante ausencia de deportividad. Los futbolistas no son solo atletas. Son figuras públicas cuyas acciones tienen eco que impacta directamente en nuestra sociedad. Cuando un niño ve a su ídolo agredir, aprende que la violencia es válida, que golpear es algo natural si me enfado cuando pierdo y que, para ganar, todo vale, incluso, recurrir a ella a través del juego, si del juego, pero del sucio. Gracias que, también, sensu contrario, esos mismos niños, esa sociedad al completo, cuando ve al otro aceptar la derrota con elegancia, aprende que la grandeza no depende del resultado ¿Saben de qué depende? Es sencillo, simplemente del carácter.
Efectivamente, España ganó un Mundial y Argentina perdió una final. Eso entra dentro del deporte. Lo que no debería formar parte del deporte es perder también la compostura, el respeto y la oportunidad de demostrar que la grandeza no consiste solo en levantar trofeos, también en saber aplaudir cuando el rival ha sido mejor. Precisamente en ese simple gesto puede distinguirse al campeón del simplemente ganador.
El verdadero prestigio se demuestra incluso cuando no puedes levantar ningún trofeo, sino en hacerte más fuerte aprendiendo de la derrota, ahí estriba la grandeza, si quieres saber cómo ganar, ve y pregunta al guerrero vencido. Es él el que más sabe de victorias futuras. Si te caes cien veces, levántate ciento una, pero con dignidad, sin violencia y sin excusas.
La final del Mundial del presente año 2026 terminó con España levantando la Copa y Argentina levantando, bueno, levantando lo que pudo, que básicamente fueron las manos, pero no para aplaudir. El mundo entero vio dos estilos, el fútbol y la pelea callejera. Dos filosofías, jugar y golpear, dos escuelas, la del balón y la del “si no llego al balón, llego a la tibia”.
El fútbol es como la vida. Puedes ganar, puedes perder, puedes incluso repartir patadas como si fueran folletos, pero lo que nunca podrás hacer es esconder la realidad girándote de espaldas.
El seleccionador de España, lejos de tácticas de demolición, construyó un equipo sólido basado en principios morales, el compañerismo y la humildad. Lo ha construido con paciencia, con respeto y una obsesión casi artesanal por el resto de los valores, mientras Argentina entrenaba las patadas voladoras y la marrullería. Solo con eso, aunque España hubiese perdido el Mundial, ya hubiese ganado, cuando hay valores, no hace falta nada más.
En cualquier caso, por qué no decirlo, somos Bicampeones del Mundo en el que los argentinos han recibido su baño de ética y de fútbol. Es una lástima que la selección no haya estado a la altura de su pueblo, con todo el respeto a los argentinos, si algo han ganado, ha sido en memes.
