Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que el 8 de marzo era una jornada de concordia, un recordatorio necesario de los peldaños que la sociedad española —hombres y mujeres juntos— había logrado subir en la escalera de la igualdad legal y de oportunidades. Sin embargo, al observar las manifestaciones de los últimos años, es difícil no sentir una profunda desconexión. Como cronista de nuestra realidad social, percibo que el 8M ha dejado de ser una celebración de la mujer para convertirse en un monopolio ideológico donde el «feminismo progre» más radical ha dictado sentencia: o estás con su agenda política, o estás contra las mujeres.
La deriva de una causa noble
El problema no es el feminismo en sí, sino su instrumentalización. Lo que hoy presenciamos es una versión adulterada de aquel movimiento que buscaba el sufragio, el acceso a la educación o la independencia económica. El feminismo auténtico de la mujer española —esa mujer trabajadora, valiente, que levanta familias y empresas con pragmatismo y tesón— poco tiene que ver con la algarada de pancarta que vemos hoy en las calles.
Esa mujer real no se levanta cada mañana pensando en la «deconstrucción de la masculinidad» ni en cuotas impuestas que, en el fondo, cuestionan su propia valía. Se levanta para competir, para conciliar y para exigir respeto basándose en su capacidad, no en su victimismo. Sin embargo, el feminismo radical de izquierdas ha decidido que la mujer es un ser permanentemente agraviado, colectivizándola y anulando su individualidad bajo una narrativa de confrontación constante.
El silencio de la mayoría
Es un secreto a voces, aunque políticamente incorrecto: muchas mujeres ya no se visualizan en este nuevo feminismo. Se sienten huérfanas de representación. Resulta paradójico que un movimiento que dice «dar voz» a la mujer, silencie o ridiculice a aquella que no comulga con los dogmas de la nueva izquierda. Si una mujer española defiende la familia tradicional, cree en la meritocracia o simplemente no quiere ver al hombre como un enemigo antropológico, es inmediatamente expulsada del «club» por las guardianas de la ortodoxia progresista.
Este 8 de marzo ha pasado de ser una fecha de unión a un campo de batalla de la ingeniería social. Se han priorizado agendas que nada tienen que ver con los problemas reales —como la brecha de pensiones por maternidad o la soledad de nuestras mayores— para centrarse en consignas identitarias que fracturan la convivencia.
Un retorno al sentido común
Como hombres que admiramos y respetamos el papel fundamental de la mujer en nuestra historia y en nuestro presente, asistimos con estupefacción a esta decadencia. No es una cuestión de género, es una cuestión de libertad. El feminismo auténtico es aquel que permite a la mujer ser lo que quiera ser, sin que un ministerio o una plataforma radical le dicte cómo debe sentir o a quién debe votar.
España necesita recuperar un 8 de marzo que no excluya, que no señale y que, sobre todo, no sea el escaparate de una ideología que parece disfrutar más con la división que con el progreso real. Es hora de devolverle el protagonismo a la mujer española de verdad, esa que no necesita que nadie hable por ella, y mucho menos que la conviertan en una herramienta política.