La posible visita de León XIV a Canarias ha generado expectación, pero también una profunda incomodidad en una parte importante de la sociedad canaria. Y no es para menos. Muchos ciudadanos se preguntan si esta visita servirá realmente para mirar de frente los problemas de quienes viven en las islas o si, por el contrario, será utilizada como un gran acto simbólico centrado casi exclusivamente en la inmigración irregular.
Porque conviene hacerse una pregunta clara: ¿viene León XIV a conocer la realidad económica de los canarios? ¿Viene a escuchar a las familias que no llegan a final de mes, a los jóvenes que no pueden acceder a una vivienda, a los mayores que sobreviven con pensiones ajustadas o a los afectados por el volcán de La Palma que todavía arrastran las consecuencias de haberlo perdido todo?
La respuesta, al menos por lo que se está trasladando públicamente, parece apuntar en otra dirección.
Todo indica que el foco principal estará puesto en la inmigración irregular. En Tenerife, incluso se habla de una misa marcada por la presencia simbólica de cayucos. En Gran Canaria, el acto previsto en Arguineguín apunta también a convertirse en una gran escenificación alrededor del fenómeno migratorio. Y esto, guste o no, genera malestar entre muchos canarios que sienten que su sufrimiento queda siempre en un segundo plano.
No se trata de negar la dimensión humana del drama migratorio. Sería injusto e inhumano hacerlo. Quien se juega la vida en el mar merece auxilio, respeto y dignidad. Pero una cosa es defender los derechos humanos y otra muy distinta es convertir Canarias en un escenario permanente de propaganda política y religiosa, mientras los problemas estructurales de los canarios siguen sin solución.
La alcaldesa de Mogán, Onalia Bueno, ha expresado con dureza su malestar. Y su crítica no nace de la nada. Mogán y especialmente Arguineguín vivieron momentos muy difíciles durante la crisis migratoria de hace unos años. En aquel momento, muchos vecinos sintieron abandono institucional. Faltaron respuestas, faltó coordinación y faltó presencia política real. Por eso resulta comprensible que ahora moleste ver cómo determinados dirigentes aparecen cuando hay cámaras, actos oficiales y una visita de alto impacto mediático.
En ese contexto, la presencia de Pedro Sánchez añade todavía más tensión. Muchos se preguntan qué sentido tiene que el presidente del Gobierno acuda ahora a un lugar donde una parte de la población considera que el Estado no estuvo a la altura cuando más se le necesitaba. La política española tiene una tendencia peligrosa: llegar tarde a los problemas, pero acudir rápido a la fotografía.
Y Canarias ya está cansada de fotografías.
También llama la atención el coste económico de una visita de estas características. Si las cifras que se manejan superan los 15 millones de euros, la pregunta es inevitable: ¿de verdad Canarias puede permitirse ese gasto mientras hay familias con necesidades urgentes, afectados por el volcán esperando soluciones definitivas, listas de espera sanitarias, pobreza, problemas de vivienda y municipios saturados?
La respuesta social no debería despacharse con superioridad moral. No basta con decir que quien critica esta visita es insensible. No es insensibilidad. Es hartazgo. Es la sensación de que siempre hay dinero para grandes actos, comitivas, seguridad, escenarios y propaganda, pero nunca hay suficiente para resolver los problemas cotidianos de la gente.
Canarias no puede seguir siendo tratada como una frontera útil para Europa, una postal turística para el mundo y un decorado emocional para discursos humanitarios. Canarias es una tierra con ciudadanos que también sufren, que también necesitan ser escuchados y que también tienen derecho a exigir prioridad política.
El drama migratorio existe, pero no puede utilizarse para tapar el drama social canario. Las dos realidades pueden y deben abordarse, pero no a costa de invisibilizar a quienes viven aquí. Defender la dignidad de los migrantes no debería significar ignorar la dignidad de los canarios.
Lo que muchos ciudadanos perciben es que esta visita no va a traer soluciones reales para Canarias. No va a arreglar la situación de La Palma. No va a mejorar los salarios. No va a resolver el problema de la vivienda. No va a reforzar los servicios públicos. No va a cambiar la falta de planificación migratoria. Y, probablemente, tampoco va a aliviar la presión que soportan determinados municipios.
Por eso esta visita corre el riesgo de convertirse en otra operación de imagen: emotiva, mediática y cuidadosamente organizada, pero desconectada de las prioridades reales de la población canaria.
Canarias necesita respeto, inversión útil y políticas serias. No necesita más actos simbólicos donde se hable mucho de humanidad mientras se ignora a quienes llevan años pidiendo soluciones concretas.
La solidaridad no puede ser selectiva. Y la justicia social tampoco.