11 octubre 2026 · 09:35

Carta a la Virgen de la Cueva

25 de marzo de 2026

Querida Virgen de la Cueva:

Antes de nada, espero que este mensaje llegue a tiempo, porque con la que está cayendo, lo mismo se ahoga por el camino y lo recibes el domingo… y no queremos eso…

Mira, te escribo con todo el cariño del mundo —porque te conozco desde chica, desde que me enseñaron a cantarte— en nombre de todos mis amigos y vecinos —y con los ñoños arrugados porque mis zapatillas llevan tres días sin secarse— para ver qué te ocurre.

Virgencita, mi niña, ¿tú estás bien? Te lo pregunto porque creo que esto que está pasando no es ni medio normal. Es que llevamos unas semanitas un poquito confundidos, ya no sabemos si seguimos siendo canarios o, con esto del cambio climático, los movimientos del Teide y el salto a la quinta dimensión hemos cambiado de código postal y ahora somos una extensión del Atlàntico, en mitad de la nada resistiendo todas las tormentas y ciclones.

Es que…ya no tendemos la ropa… ¡la bautizamos!

Y tú dirás “anda, anda exagerada”, pero no te miento cuando digo que en breve tendré que sondar a mi perro para que pueda orinar y ponerme aletas para salir a tirar la basura. ¡Si hasta mi vecino está construyendo un arca!

A ver, que no decimos que no si nos regalas una lloviznita de vez en cuando, un par de gotitas para refrescar el ambiente. Es más, eso hasta incluso te lo agradecemos porque nos das la oportunidad de lucir la chaquetita nueva, las botas que nos trajeron los reyes, nos ponemos románticos, nos tomamos un cafecito calentito, miramos asombrados por la ventana… !muy lindo todo! Pero lo de ahora ya no es lluvia, es una saga.

Llevamos más capítulos de tormenta que una novela turca.

No he querido decirte nada hasta ahora porque siempre me has caído bien, ahí tranquilita en tu cuevita, pero esto ya empieza a ser un poquito sospechoso. Dí la verdad: te pusiste a limpiar, pusiste música de fondo, te viniste arriba y se te fue de las manos. Porque si no… no lo entiendo. Si es por eso, por favor, para ya, que aquí abajo ya está todo limpio, tenemos agua para varios años y la hierba empieza a adueñarse de las aceras.

Si sigues baldeando la cueva, nos dejas sin isla y nos convertimos en memoria histórica —si no lo puedes evitar y al final pasa eso asegúrate de hacerme un bonito monumento en una rotonda grande—.

Con todo el aprecio y respeto del mundo: afloja.

Mi pelo ya no soporta tanta humedad y ya tiene vida propia, mi ropa ha decidido no secarse nunca y tengo el ánimo por los suelos, negociando con el sol por un poco de vitamina como si fuera un ex tóxico: anda, sal un ratito, solo quiero un poquito de vitamina D, prometo no decírselo a nadie, es solo para saber que sigues estando ahí, que volverás y que no me has hecho “ghosting”.

Y si, por algún casual, no puedes parar la lluvia del todo —prohibición del jefazo—, al menos baja la intensidad. Con un chipi chipi nos conformamos. Todo menos esto, que pareces que estás fregando el cielo a manguerazos.

En fin, Virgen de la Cueva, lo dejo en tus manos. Confío en ti. Sé que eres poderosa —a la vista está— así que podrás poner fin a esto de la misma forma en la que lo iniciaste: de un día para otro.

Con fe, con humor y con los pies arrugados de tanta agua,

Una devota un poco empapada que promete no volver a cantarte.

 

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