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Cuando la política deja de ser impulso y se convierte en legado

La madurez política no llega de un día para otro, es un aprendizaje que sólo concede el tiempo, los aciertos y también los errores. La juventud, tan necesaria, aporta impulso, frescura, valentía y una ambición que mueve montañas. Y eso es bueno para el pueblo, porque toda sociedad necesita esa energía que empuja hacia adelante. Pero existe un momento, casi imperceptible, en el que la política deja de vivirse desde la prisa y empieza a sentirse desde la profundidad.

Ese momento es la madurez.

Una madurez que no se estudia ni se improvisa, se vive.

Y cuando llega, lo hace transformándolo todo.

Entonces desaparecen los intereses personales, se desvanecen las ambiciones individuales y comienza a nacer algo más grande, la vocación por el bien común. Empiezas a entender que la política no es para uno mismo, sino para los demás. Y que cada decisión, cada gesto y cada paso dado tiene un impacto directo en la vida de la gente.

Cuando te encuentras con fuerzas renovadas, cuando estás convencido de que la serenidad adquirida con los años te permite ver con mayor claridad, cuando la necesidad ya no es destacar sino contribuir y acompañar el progreso, es entonces cuando comprendes que la política cambia de sentido. Que deja de ser competencia y pasa a ser responsabilidad. Que deja de ser impulso y se convierte en legado.

A partir de ahí toca trabajar con otra mirada, con otra serenidad. Toca agradecer a la vida todo lo recibido y, sobre todo, ponerlo al servicio de quienes vienen detrás. Porque este mundo, a veces poco agradecido y otras profundamente generoso, nos enseña que la juventud necesitará siempre una mano que acompañe, un consejo que guíe y una experiencia que evite repetir los errores que nosotros mismos cometimos cuando aún no habíamos alcanzado esta madurez política.

Cuando el único interés es mejorar la calidad de vida de la ciudadanía, es entonces cuando de verdad se disfruta de la política. Cuando has entregado años, ilusión y esfuerzo a construir un barrio y un pueblo mejor es difícil apartarse y mirar desde la distancia. Porque la política, en su sentido más noble, no es un cargo ni un título, es una manera de entender la vida y de relacionarse con los demás.

Y sólo quien ha crecido como persona al mismo tiempo que como servidor público comprende que la madurez personal y la madurez política están unidas. Que ambas convergen en ese punto en el que la política deja de ser un camino y pasa a ser un propósito. Un propósito que se sustenta en la convicción de que siempre, siempre, habrá algo más que aportar.

Juan Jiménez Suárez

Concejal de Vías, Obras e Infraestructuras

Ayuntamiento de Santa María de Guía

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EE.UU.: El país que camina con un fusil en la mano y un espejo roto en el bolsillo

Una reflexión necesaria sobre la dualidad de una nación forjada entre el mito de la libertad y el peso de su propia sombra. Por desgracia, nos estamos acostumbrando —si no lo estamos ya del todo— a despertarnos cada día con un titular de periódico o un avance de telediario que nos escupe la violencia desatada en la sociedad estadounidense. Como viejo lobo de mar, con mucho salitre acumulado en los ojos y el orgullo de ser de Telde, estas noticias me han empujado a una reflexión que no pretende ser una verdad absoluta, sino la visión madura de quien ha visto mucho mundo y prefiere mirar más allá de la superficie. La sociedad de los Estados Unidos es un escenario de contrastes que marean. Es el lugar donde puede ocurrir un tiroteo masivo y, a la vez, donde nacen las iniciativas ciudadanas que más conmueven al planeta. Es la potencia que interviene militarmente en tierras lejanas mientras lidera esfuerzos humanitarios globales. Se divide internamente hasta el abismo, pero posee una capacidad casi mística para reinventarse. Quizá la clave para entenderlos esté en aceptar que es una nación que convive con su propia sombra: una oscuridad que no la define por completo, pero que es imposible de ignorar. Dos narrativas, un abismo Hoy, Estados Unidos parece fracturado en dos realidades irreconciliables. No hablamos solo de demócratas y republicanos; hablamos de dos visiones del mundo, dos identidades culturales y dos formas opuestas de entender qué significa ser estadounidense. Los medios y las redes sociales han convertido la discrepancia en enemistad. El adversario ya no es alguien con quien debatir, sino alguien a quien temer. Y el miedo, cuando echa raíces, siempre termina abriendo la puerta a la violencia. Comprender esa tensión constante entre la luz y la oscuridad es esencial para descifrar no solo los titulares sangrientos, sino la complejidad de un país que sigue manejando el timón del destino del mundo. Una historia escrita con pólvora Hay países que se construyen sobre mitos y otros que lo hacen sobre heridas. Estados Unidos pertenece a ambos. Se proclama como el “faro de la libertad”, pero su violencia interna brota desde los cimientos. La independencia de la nación no fue un pacto diplomático, sino una guerra que dejó 25.000 muertos, una cifra colosal para finales del siglo XVIII. Poco después, la «Conquista del Oeste» desplazó a más de 60 tribus indígenas, un proceso de exterminio que a menudo se nos vende como una epopeya romántica cuando fue ocupación a sangre y fuego. Luego, la Guerra Civil (1861-1865) con sus 600.000 fallecidos, dejó una herida racial, cultural y económica que todavía late bajo la piel del país. Desde entonces, la guerra parece haberse convertido en un hábito: Cuba, Filipinas, Vietnam, Corea, Irak, Afganistán… Para EE. UU., el conflicto no es un episodio, es una constante. El mito sagrado del arma Para un europeo, resulta incomprensible la vigencia de la Segunda Enmienda. Lo que nació en 1791 como una necesidad de milicias coloniales, hoy es un símbolo sagrado. Con más de 390 millones de armas en circulación —más que habitantes—, el objeto ha pasado a ser identidad. Tres de cada diez adultos poseen una, y la mayoría asegura que jamás renunciaría a ella. Es la frontera mental entre su concepto de «libertad» y la «opresión». El problema es que, cuando un mito se arma, la realidad suele quedar desarmada. Entre Martin Luther King y el supermercado Sería injusto decir que el estadounidense medio es violento. No olvidemos que este es también el país de Martin Luther King, de los movimientos por los derechos civiles y de las protestas pacíficas que han cambiado la conciencia del mundo. Es una nación capaz de lo mejor y de lo peor: de enviar un hombre a la Luna y, al mismo tiempo, permitir que un adolescente compre un rifle semiautomático en un supermercado. La violencia allí no es genética, es estructural. Es una herencia que se filtra en la política y en la vida cotidiana. Estados Unidos avanza con un fusil en la mano (su mito fundacional) y un espejo roto en el bolsillo (su imagen fragmentada). Reflexión final Quizá la pregunta no sea si Estados Unidos es un país violento, sino por qué no ha logrado romper el ciclo histórico que lo ata a ese destino. Todas las naciones tienen sombras, pero no todas permiten que esa sombra les marque el paso a pie juntillas. Ojalá Dios ilumine a esa gran nación y les ayude a corregir el rumbo, porque sus errores nos pasan factura a todos. Comprender lo que ocurre allí requiere mirar más allá del telediario y analizar las raíces de un país que, para bien o para mal, ha diseñado el mundo en que vivimos. Y para despedirme, como solemos decir por mi tierra: “De verdad que siento, compadre, el royo aquí jincado, pero es que este Julio González el de Telde, cuando coge la tablilla, pega el hombre a hablar y no hay quien lo pare”. ¡Qué cosas!