En el gimnasio de Dani Martín recibí la visita de un antiguo alumno y boxeador, Fernando González Cruz, quien se desplazó desde Santa Lucia de Tirajana “Tunte” para compartir conmigo una jornada muy especial. Quedamos una hora antes del entrenamiento y pudimos recordar viejos tiempos, anécdotas y experiencias que forman parte de la historia del boxeo canario.
Nuestra conversación nos llevó a rememorar los combates celebrados en Teror, mi pueblo natal, durante las Fiestas del Pino; en La Aldea de San Nicolás de Tolentino, cuna de grandes boxeadores; y también en Arucas, donde tantos deportistas dejaron huella sobre el ring.
Recordábamos cómo eran los entrenamientos de aquella época, muy diferentes a los actuales. Para perder peso antes de los combates, la «sauna» consistía simplemente en envolver a los boxeadores con plásticos y una manta en una esquina del gimnasio para provocar la sudoración. Los entrenamientos incluían largas carreras por el campo de fútbol de Hoya de la Plata o por la Avenida Marítima, desde La Laja hasta el Parque de San Telmo o el Club Náutico. La movilidad y los recursos no eran los de hoy, pero sobraban ilusión, sacrificio y compañerismo.
Fernando me hizo entrega de un ejemplar de su libro, escrito por Luz Marina Delgado Hernández, titulado «Fernando González Cruz: Una vida al límite», acompañado de una dedicatoria manuscrita que me emocionó profundamente. En ella recuerda cómo, siendo apenas un adolescente, llegó al gimnasio de Tres Palmas y comenzó allí una trayectoria deportiva que le llevaría a practicar no solo boxeo, sino también diferentes artes marciales, entrenando y compitiendo en numerosos países. Siempre ha tenido claro que fue el boxeo quien le señaló el camino a seguir.
Fernando inició su carrera deportiva a los 14 años en el Judo Club Telde, practicando judo y jiujitsu tradicional japonés. Un año después, en 1984, con apenas 15 años y próximo a cumplir los 16, llegó al gimnasio de Rafael Marrero Castellano, «Feluco», en el barrio de Tres Palmas, en el cono sur de Las Palmas de Gran Canaria.
Sin saberlo entonces, aquel sería el comienzo de una larga carrera deportiva. Allí aprendió principios fundamentales que le acompañarían toda la vida: respeto, disciplina, humildad, esfuerzo, saber ganar y también saber perder. Valores que, según sus propias palabras, le fueron transmitidos por su maestro y entrenador.
Fernando recuerda aquellos entrenamientos como serios, exigentes y profundamente respetados por todos los que formaban parte del gimnasio. Los medios eran modestos, pero el compromiso era enorme.
Para preparar su primer combate, celebrado en La Aldea de San Nicolás de Tolentino, tuvo que bajar de 72 a 69 kilos. Tras los entrenamientos, los boxeadores eran envueltos en plásticos para ayudarles a perder peso. También recuerda el viejo ring de madera, que crujía y hacía ruido cada vez que realizaban sesiones de sparring.
Los equipos de entrenamiento eran básicos, pero aquellos años dejaron una huella imborrable. Había mucho sparring, numerosos encuentros interclubes y una gran dedicación para llegar preparados a cada combate. Entre los compañeros de entrenamiento se encontraba incluso el profesional Guanchito III.
Fernando realizó tres combates amateurs.
El primero fue en La Aldea de San Nicolás. Recuerda el viaje en una furgoneta junto a dos compañeros y su entrenador. Le impresionó el trayecto por la carretera entre Agaete y La Aldea, ya que nunca había recorrido una distancia semejante por aquellas carreteras. Al llegar, quedó sorprendido por el calor, la gran cantidad de público que asistía a las fiestas principales del municipio y por la emoción de vivir aquella experiencia por primera vez.
Su segundo combate tuvo lugar en Teror, durante las Fiestas de la Virgen del Pino. Le impresionó la cantidad de espectadores congregados en la plaza del colegio de los Salesianos. Antes de los combates había una actuación musical y la organización era excelente. Recuerda especialmente la iluminación del recinto y el detalle de entregar trofeos tanto al ganador como al perdedor.
El tercer combate se celebró en Arucas. Al llegar, quedó impresionado por la majestuosidad de la iglesia y su enorme torre. Allí también encontró una gran afluencia de público. Para aquellos jóvenes deportistas, visitar distintos municipios de la isla suponía toda una aventura y una experiencia enriquecedora.
El balance de aquellos tres combates fue de una pelea nula y dos victorias. Sin embargo, para Fernando, lo más importante no fueron los resultados, sino la oportunidad de subir al ring, aprender y crecer como deportista.
Como ocurre en cualquier disciplina exigente, también llegaron las lesiones propias de los entrenamientos intensivos: cortes en las cejas, sangrados nasales y otras molestias derivadas de largas sesiones de preparación física, comba, saco, abdominales, entre otros ejercicios y sparring.
Posteriormente, Fernando soñaba con competir en la Península. Para ello intentó bajar de 72 a 68 kilos por su cuenta, siguiendo una dieta muy estricta basada prácticamente en berros y levadura de cerveza. Aquello le provocó una fuerte anemia, insomnio y mareos.
Fue entonces cuando su entrenador, Feluco, detectó rápidamente su estado físico sin que él tuviera que explicarle lo que estaba haciendo. Al comprobar su debilidad, decidió cancelar aquel proyecto, demostrando una vez más su profesionalidad, experiencia y preocupación por la salud de sus deportistas.
Fernando siempre ha agradecido aquella decisión.
Tras aquella etapa, decidió regresar a las artes marciales y comenzar una nueva trayectoria deportiva en diferentes modalidades, alcanzando importantes éxitos tanto a nivel nacional como internacional.
Hoy, 42 años después, aquel muchacho de 16 años regresa con una biografía bajo el brazo para reencontrarse con quien fue su entrenador, maestro e inspiración. Ya no vuelve como un joven lleno de sueños y ganas de combatir, sino como un deportista reconocido, laureado y respetado dentro y fuera de nuestras fronteras.
Palabras de Fernando González Cruz
«Rafael Marrero ‘Feluco’ merece los máximos honores y el respeto de todos los boxeadores del pasado, del presente y del futuro. Es uno de los pioneros del boxeo canario y de sus gimnasios han salido campeones nacionales e internacionales. Sin duda, es una figura histórica de nuestro deporte, un ejemplo de escuela, principios, respeto y valores. Mi propia carrera deportiva es prueba de ello.»
Mi respuesta a Fernando
Estimado Fernando González Cruz:
Me emocionó enormemente verte, saludarte y darte un abrazo después de tantos años. Ha sido una gran satisfacción conocer tu extraordinaria trayectoria deportiva y comprobar que recuerdas con cariño aquellos años compartidos en el gimnasio.
Que me menciones en tu biografía me llena de orgullo, porque demuestra que el trabajo realizado en los gimnasios deja una huella que va mucho más allá del deporte. Los valores aprendidos durante la juventud acompañan a las personas durante toda la vida.
Me alegra verte convertido en un deportista reconocido, en un empresario comprometido y en una persona que sigue amando la naturaleza y el esfuerzo.
Ahora me toca devolverte la visita y acercarme a San Bartolomé de Tirajana “Tunte” para compartir nuevos recuerdos y seguir celebrando la amistad que el deporte nos regaló hace más de cuatro décadas.
Recibe un fuerte abrazo.