Fernando González Cruz
Fernando González Cruz
Un emotivo reencuentro después de 42 años

En el gimnasio de Dani Martín recibí la visita de un antiguo alumno y boxeador, Fernando González Cruz, quien se desplazó desde Santa Lucia de Tirajana “Tunte” para compartir conmigo una jornada muy especial. Quedamos una hora antes del entrenamiento y pudimos recordar viejos tiempos, anécdotas y experiencias que forman parte de la historia del boxeo canario.

Nuestra conversación nos llevó a rememorar los combates celebrados en Teror, mi pueblo natal, durante las Fiestas del Pino; en La Aldea de San Nicolás de Tolentino, cuna de grandes boxeadores; y también en Arucas, donde tantos deportistas dejaron huella sobre el ring.

Recordábamos cómo eran los entrenamientos de aquella época, muy diferentes a los actuales. Para perder peso antes de los combates, la «sauna» consistía simplemente en envolver a los boxeadores con plásticos y una manta en una esquina del gimnasio para provocar la sudoración. Los entrenamientos incluían largas carreras por el campo de fútbol de Hoya de la Plata o por la Avenida Marítima, desde La Laja hasta el Parque de San Telmo o el Club Náutico. La movilidad y los recursos no eran los de hoy, pero sobraban ilusión, sacrificio y compañerismo.

Fernando me hizo entrega de un ejemplar de su libro, escrito por Luz Marina Delgado Hernández, titulado «Fernando González Cruz: Una vida al límite», acompañado de una dedicatoria manuscrita que me emocionó profundamente. En ella recuerda cómo, siendo apenas un adolescente, llegó al gimnasio de Tres Palmas y comenzó allí una trayectoria deportiva que le llevaría a practicar no solo boxeo, sino también diferentes artes marciales, entrenando y compitiendo en numerosos países. Siempre ha tenido claro que fue el boxeo quien le señaló el camino a seguir.

Fernando inició su carrera deportiva a los 14 años en el Judo Club Telde, practicando judo y jiujitsu tradicional japonés. Un año después, en 1984, con apenas 15 años y próximo a cumplir los 16, llegó al gimnasio de Rafael Marrero Castellano, «Feluco», en el barrio de Tres Palmas, en el cono sur de Las Palmas de Gran Canaria.

Sin saberlo entonces, aquel sería el comienzo de una larga carrera deportiva. Allí aprendió principios fundamentales que le acompañarían toda la vida: respeto, disciplina, humildad, esfuerzo, saber ganar y también saber perder. Valores que, según sus propias palabras, le fueron transmitidos por su maestro y entrenador.

Fernando recuerda aquellos entrenamientos como serios, exigentes y profundamente respetados por todos los que formaban parte del gimnasio. Los medios eran modestos, pero el compromiso era enorme.

Para preparar su primer combate, celebrado en La Aldea de San Nicolás de Tolentino, tuvo que bajar de 72 a 69 kilos. Tras los entrenamientos, los boxeadores eran envueltos en plásticos para ayudarles a perder peso. También recuerda el viejo ring de madera, que crujía y hacía ruido cada vez que realizaban sesiones de sparring.

Los equipos de entrenamiento eran básicos, pero aquellos años dejaron una huella imborrable. Había mucho sparring, numerosos encuentros interclubes y una gran dedicación para llegar preparados a cada combate. Entre los compañeros de entrenamiento se encontraba incluso el profesional Guanchito III.

Fernando realizó tres combates amateurs.

El primero fue en La Aldea de San Nicolás. Recuerda el viaje en una furgoneta junto a dos compañeros y su entrenador. Le impresionó el trayecto por la carretera entre Agaete y La Aldea, ya que nunca había recorrido una distancia semejante por aquellas carreteras. Al llegar, quedó sorprendido por el calor, la gran cantidad de público que asistía a las fiestas principales del municipio y por la emoción de vivir aquella experiencia por primera vez.

Su segundo combate tuvo lugar en Teror, durante las Fiestas de la Virgen del Pino. Le impresionó la cantidad de espectadores congregados en la plaza del colegio de los Salesianos. Antes de los combates había una actuación musical y la organización era excelente. Recuerda especialmente la iluminación del recinto y el detalle de entregar trofeos tanto al ganador como al perdedor.

El tercer combate se celebró en Arucas. Al llegar, quedó impresionado por la majestuosidad de la iglesia y su enorme torre. Allí también encontró una gran afluencia de público. Para aquellos jóvenes deportistas, visitar distintos municipios de la isla suponía toda una aventura y una experiencia enriquecedora.

El balance de aquellos tres combates fue de una pelea nula y dos victorias. Sin embargo, para Fernando, lo más importante no fueron los resultados, sino la oportunidad de subir al ring, aprender y crecer como deportista.

Como ocurre en cualquier disciplina exigente, también llegaron las lesiones propias de los entrenamientos intensivos: cortes en las cejas, sangrados nasales y otras molestias derivadas de largas sesiones de preparación física, comba, saco, abdominales, entre otros ejercicios y sparring.

Posteriormente, Fernando soñaba con competir en la Península. Para ello intentó bajar de 72 a 68 kilos por su cuenta, siguiendo una dieta muy estricta basada prácticamente en berros y levadura de cerveza. Aquello le provocó una fuerte anemia, insomnio y mareos.

Fue entonces cuando su entrenador, Feluco, detectó rápidamente su estado físico sin que él tuviera que explicarle lo que estaba haciendo. Al comprobar su debilidad, decidió cancelar aquel proyecto, demostrando una vez más su profesionalidad, experiencia y preocupación por la salud de sus deportistas.

Fernando siempre ha agradecido aquella decisión.

Tras aquella etapa, decidió regresar a las artes marciales y comenzar una nueva trayectoria deportiva en diferentes modalidades, alcanzando importantes éxitos tanto a nivel nacional como internacional.

Hoy, 42 años después, aquel muchacho de 16 años regresa con una biografía bajo el brazo para reencontrarse con quien fue su entrenador, maestro e inspiración. Ya no vuelve como un joven lleno de sueños y ganas de combatir, sino como un deportista reconocido, laureado y respetado dentro y fuera de nuestras fronteras.

Palabras de Fernando González Cruz

«Rafael Marrero ‘Feluco’ merece los máximos honores y el respeto de todos los boxeadores del pasado, del presente y del futuro. Es uno de los pioneros del boxeo canario y de sus gimnasios han salido campeones nacionales e internacionales. Sin duda, es una figura histórica de nuestro deporte, un ejemplo de escuela, principios, respeto y valores. Mi propia carrera deportiva es prueba de ello.»

Mi respuesta a Fernando

Estimado Fernando González Cruz:

Me emocionó enormemente verte, saludarte y darte un abrazo después de tantos años. Ha sido una gran satisfacción conocer tu extraordinaria trayectoria deportiva y comprobar que recuerdas con cariño aquellos años compartidos en el gimnasio.

Que me menciones en tu biografía me llena de orgullo, porque demuestra que el trabajo realizado en los gimnasios deja una huella que va mucho más allá del deporte. Los valores aprendidos durante la juventud acompañan a las personas durante toda la vida.

Me alegra verte convertido en un deportista reconocido, en un empresario comprometido y en una persona que sigue amando la naturaleza y el esfuerzo.

Ahora me toca devolverte la visita y acercarme a San Bartolomé de Tirajana “Tunte” para compartir nuevos recuerdos y seguir celebrando la amistad que el deporte nos regaló hace más de cuatro décadas.

Recibe un fuerte abrazo.

Rafael Marrero «Feluco»

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La visita del Papa a Canarias: fe, respeto y dignidad, no propaganda política

Como católico, como canario y como ciudadano comprometido con la dignidad de mi tierra, considero necesario expresar una preocupación legítima ante la próxima visita del Papa León XIV a Canarias. Un acontecimiento de esta naturaleza debería ser vivido como un momento de fe, encuentro, reflexión y esperanza. No debería convertirse, bajo ningún concepto, en una oportunidad de autopromoción política. La presencia del Santo Padre en Canarias tiene un profundo significado espiritual y humano. Su visita a Arguineguín, lugar vinculado en los últimos años al drama migratorio, debe servir para escuchar, consolar y recordar la dignidad de quienes han sufrido. Precisamente por eso resulta difícil aceptar que el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, pretenda situarse en el centro de un acto que debería pertenecer a la Iglesia, a los fieles, a los migrantes, a los voluntarios y al pueblo canario. No se trata de negar la presencia institucional que corresponde a un jefe de Gobierno en determinados actos oficiales. Se trata de algo más delicado: evitar que una visita pastoral termine contaminada por intereses partidistas. Canarias no necesita una fotografía más. Canarias necesita respeto. Arguineguín no es un decorado político Arguineguín no es un escenario neutro. Es un lugar marcado por una crisis humanitaria que dejó imágenes difíciles de olvidar y una profunda sensación de abandono institucional. Allí se concentraron durante meses personas migrantes en condiciones muy duras, mientras muchas administraciones miraban con lentitud, distancia o cálculo político una situación que exigía humanidad, eficacia y responsabilidad. Por eso, la posible presencia destacada de Pedro Sánchez en ese mismo lugar provoca rechazo en muchos canarios. No porque el Papa no deba acudir a Arguineguín, sino precisamente por lo contrario: porque debe acudir con plena libertad, sin que su gesto sea utilizado para suavizar responsabilidades políticas ni para reconstruir relatos interesados. La visita del Papa debe poner el foco en quienes sufrieron, en quienes ayudaron y en quienes siguen afrontando las consecuencias humanas de la ruta migratoria atlántica. No en quienes llegan ahora, años después, buscando ocupar el encuadre de la fotografía. La fe no puede ser utilizada como herramienta de imagen La Iglesia debe mantener su independencia frente al poder político. Esa separación no es hostilidad hacia las instituciones, sino garantía de respeto. Cuando la fe se convierte en decorado, pierde profundidad. Cuando la espiritualidad se transforma en escenografía, se degrada. Y cuando un dirigente político intenta aprovechar un acontecimiento religioso para reforzar su imagen pública, el resultado no es institucionalidad: es propaganda. Mi rechazo no nace de la confrontación por la confrontación. Nace del sentido común, del respeto a la fe y de la convicción de que el mensaje del Santo Padre debe llegar limpio, sin apropiaciones partidistas ni lecturas interesadas. El Papa viene a Canarias como pastor. Viene a hablar de dignidad, de sufrimiento, de esperanza, de fraternidad y de responsabilidad moral. Reducir esa visita a una operación de imagen sería una falta de respeto al Pontífice, a la Iglesia y también al pueblo canario. Canarias merece respeto Canarias ha soportado durante demasiado tiempo que se la mire desde Madrid solo cuando interesa. Hemos sido frontera, puerto de llegada, espacio de emergencia, territorio utilizado en discursos ajenos y, muchas veces, tierra insuficientemente escuchada. Por eso, cuando un acontecimiento de esta magnitud coloca a Canarias en el centro de la atención nacional e internacional, debemos exigir que se haga con dignidad. No queremos que se instrumentalice nuestro sufrimiento. No queremos que se utilice Arguineguín como símbolo de conveniencia. No queremos que una visita espiritual sea absorbida por la lógica del titular político. La alcaldesa de Mogán, Onalia Bueno, conoce bien lo que significó aquella etapa para su municipio. Con aciertos o errores, fue una de las voces que denunció la situación que se vivía sobre el terreno cuando otros preferían guardar silencio o responder tarde. Esa memoria no puede borrarse ahora con un gesto protocolario ni con una fotografía cuidadosamente preparada. El Papa debe hablar con libertad Otro aspecto que merece atención es la necesidad de preservar la libertad del mensaje pontificio. En una visita de estas características puede existir una coordinación protocolaria normal entre Estados e instituciones. Pero esa coordinación nunca debe confundirse con tutela política ni con intento de condicionar el contenido pastoral del Santo Padre. El Papa no viene a Canarias como un dirigente más. Viene como líder espiritual de millones de católicos y como voz moral ante una realidad humana compleja. Su palabra debe ser libre, clara y profundamente pastoral. Cualquier intento de anticipar, encauzar o rentabilizar políticamente su mensaje sería impropio y contrario al espíritu de la visita. Canarias necesita escuchar al Papa sin filtros. Los fieles necesitan recibir su mensaje sin interferencias. Y quienes han sufrido en la ruta migratoria merecen que su dolor no sea convertido en instrumento de partido. Una visita para unir, no para dividir La visita del Papa León XIV debería ser una oportunidad para elevar el tono moral de la vida pública. Debería recordarnos que la dignidad humana está por encima de los intereses electorales, que la fe no pertenece a ningún Gobierno y que los pueblos merecen ser tratados con respeto, especialmente cuando han soportado crisis que otros gestionaron desde la distancia. Canarias recibirá al Santo Padre con afecto, hospitalidad y respeto. Así somos los canarios: abiertos, nobles y conscientes del valor simbólico de una visita de esta magnitud. Pero esa bienvenida no debe confundirse con resignación ante el uso político del acontecimiento. El Papa es bienvenido. La propaganda, no. Por eso conviene decirlo con claridad: Arguineguín no debe ser un decorado político. La fe no debe ser manipulada. La dignidad de Canarias no debe utilizarse. Y la presencia del Santo Padre debe vivirse con la profundidad espiritual que merece, no como una oportunidad para lavar imágenes públicas ni para reescribir responsabilidades pasadas. Canarias abre sus brazos al Papa León XIV. Lo recibe como pastor, como guía espiritual y como mensajero de esperanza. Pero también pide respeto. Respeto a su historia reciente, a su dolor, a su fe y