España no ha olvidado del todo el Corpus Christi. Sería injusto afirmarlo así, de manera tajante. Pero sí es evidente que esta solemnidad, una de las más antiguas y simbólicas del calendario católico, ha perdido buena parte de la presencia pública, del carácter festivo y de la centralidad cultural que tuvo durante siglos en muchos pueblos y ciudades del país.
Para quienes crecimos en una España donde el Corpus era un día grande —religioso, popular, comunitario y profundamente visual—, la situación actual produce cierta extrañeza. Antes, la fiesta ocupaba la calle, convocaba a las familias, movilizaba a parroquias, cofradías, vecinos, gremios y autoridades. Hoy, en cambio, en muchos lugares pasa casi de puntillas, conocida sobre todo por quienes mantienen una vida parroquial activa o por quienes conservan un vínculo emocional con la tradición.
El Corpus Christi nació en la Europa medieval. Su impulso se vincula a Santa Juliana de Lieja, religiosa del siglo XIII que promovió la necesidad de dedicar una celebración específica a la presencia real de Cristo en la Eucaristía. En 1264, el papa Urbano IV instituyó la solemnidad para la Iglesia mediante la bula Transiturus de hoc mundo. A partir de entonces, la fiesta se extendió por Europa con una fuerza extraordinaria.
En España arraigó con especial intensidad. Durante siglos, el Corpus fue mucho más que una celebración litúrgica. Fue una gran manifestación cívico-religiosa en la que participaban la Iglesia, las cofradías, los gremios, las autoridades civiles, las bandas de música y el pueblo. La procesión era, al mismo tiempo, acto de fe, expresión artística, fiesta popular y afirmación de identidad colectiva.
Ciudades como Toledo, Granada, Sevilla, Valencia, La Laguna o La Orotava hicieron del Corpus una de sus grandes citas anuales. Las calles se engalanaban, los balcones lucían colgaduras, el suelo se cubría de flores, juncos, hierbas aromáticas o alfombras, y la procesión se convertía en un acontecimiento multitudinario. No era una fiesta reservada al interior de los templos: salía a la calle y ocupaba el corazón mismo de la comunidad.
En Canarias, esta tradición adquirió una belleza singular. Las alfombras de flores, de serrín, de picón y de tierras volcánicas de colores son una de las expresiones más hermosas del Corpus. En lugares como La Orotava, Telde, La Laguna, Arucas y otros municipios del Archipiélago, las calles se transforman en lienzos efímeros donde la fe, el arte popular y la identidad canaria se dan la mano.
Quien haya participado alguna vez en la confección de una alfombra sabe que no se trata de un simple adorno. Hay algo de rito, de convivencia y de memoria compartida en ese trabajo paciente. Cada pétalo, cada puñado de serrín, cada grano de picón colocado con cuidado forma parte de una ofrenda colectiva. En mi caso, recuerdo aquellos años juveniles de escultismo, cuando los Boy Scouts preparábamos una alfombra de quince metros con el lema “Siempre Listos”. No era solo una actividad más: era una forma de aprender comunidad, paciencia y respeto por una tradición heredada.
Por eso, reducir estas alfombras a un elemento decorativo sería empobrecerlas. Son memoria cultural. Son identidad. Son arte popular. Son patrimonio vivo.
La pregunta inevitable es: ¿por qué el Corpus dejó de sentirse como antes?
Una parte de la respuesta está en el calendario. En España, el Corpus dejó de ser festivo nacional en 1989 y la solemnidad litúrgica pasó a celebrarse, en muchos lugares, el domingo siguiente. Algunas comunidades y municipios mantuvieron la fecha como fiesta propia, pero la mayoría de la sociedad dejó de vivir el jueves de Corpus como una jornada diferenciada. En la actualidad, Castilla-La Mancha conserva el día como festivo autonómico, mientras que ciudades como Toledo, Granada, Sevilla o La Orotava mantienen celebraciones de enorme arraigo.
El efecto de aquel cambio ha sido claro: menos presencia pública, menos participación espontánea, menos visibilidad mediática y una conciencia social más débil de la fecha original. Cuando una fiesta desaparece del calendario laboral, no desaparece necesariamente de la memoria, pero sí pierde una parte importante de su fuerza colectiva.
Aun así, no puede decirse que el Corpus esté muerto. Sigue vivo en muchas parroquias, en procesiones solemnes, en pueblos que conservan con orgullo sus tradiciones y en ciudades que han sabido convertir esta celebración en un referente religioso y cultural. También sigue vivo en Canarias, donde las alfombras continúan siendo un acontecimiento de primer orden.
Lo que ha cambiado es el lugar que ocupa en la vida social. Antes era una fiesta central. Hoy, para buena parte de la población, es una celebración más discreta, casi íntima, conocida sobre todo por quienes siguen vinculados a la parroquia, a la historia local o a la cultura tradicional.
Este cambio no habla solo de religión. Habla también de una sociedad distinta. La secularización, la aceleración del ritmo de vida, la pérdida de espacios comunitarios y la fragmentación cultural han reducido la fuerza de muchas celebraciones que antes articulaban la vida de los pueblos. No solo se ha debilitado una fiesta religiosa; se ha debilitado también una forma de vivir juntos.
Y, sin embargo, el Corpus sigue recordándonos algo esencial: que la belleza puede ser compartida, que la memoria necesita gestos públicos y que una comunidad también se reconoce en aquello que prepara, celebra y transmite.
Quizá el Corpus ya no tenga en toda España la fuerza de antaño. Quizá ya no sea aquel día festivo, multitudinario y solemne que muchos recordamos de la infancia y la juventud. Pero mientras haya parroquias que lo celebren, ciudades que lo procesionen y pueblos que sigan cubriendo sus calles con flores, serrín, picón o tierras de colores, el Corpus Christi no estará olvidado.
Necesita, eso sí, que lo contemos mejor. Que lo expliquemos a los más jóvenes. Que no lo dejemos reducido a una postal bonita o a una costumbre antigua sin significado. Porque detrás de cada alfombra, de cada custodia, de cada calle engalanada y de cada vecino que se arrodilla durante horas para colocar un pétalo, hay una historia de fe, de arte y de pertenencia.
Y permítame el lector una licencia final, más de Telde que de editorial solemne. Podría seguir escribiendo folios y folios sobre nuestro Corpus, sobre sus recuerdos, sus calles y sus alfombras. Pero, como diría cualquier buen maúro que me conozca: “¡Paren a ese hombre ya, cristiano!”. Porque cuando a este Julio González le gusta un tema, agarra la tablilla, le da suelta a la lengua y no para en todo el día.
Cuentan, incluso, que una vez fui a pelarme a la barbería de Alfonsito Torres, en la plaza de San Gregorio. Cuando el pobre Alfonsito me preguntó cómo quería el corte, le respondí: “Como siempre”. Y él, rápido como un rayo, me contestó: “¡No, como siempre no! Esta vez te pelo igual, Julito, pero con una condición: calladito, mi niño, que todavía me duele la cabeza de la última historia que me soltaste”.
Y es que hay temas que a uno le encienden la memoria. El Corpus es uno de ellos. Por eso conviene recordarlo, celebrarlo y defenderlo. Porque mientras sigamos hablando de él, aunque sea con una sonrisa y un poco de nostalgia, todavía seguirá caminando por nuestras calles.
