Bendito calor

El calor llegó un lunes y, para mitad de semana, ya nos odiábamos todos.

No era un calor normal típico del agosto canario que te obliga a cerrar ventanas, poner el aire y caminar buscando la sombra. Era más bien otra cosa. Un aire espeso y seco que se metía en las casas y se quedaba allí, respirando contigo, quemándote la nariz y rasgándote la tráquea.

En la televisión no paraban de hablar de los récords de temperaturas altas que se estaban batiendo en toda España, incluidas las islas y, sin embargo, mi madre —como siempre— decía que ella había vivido veranos peores.

Ella siempre —de todo— más.

—Cuarenta grados no son nada —dijo mientras removía el café hirviendo—. En el ochenta y nueve sí que hizo calor.

—Mamá, nací en el ochenta y dos.

—Pues por eso no te acuerdas.

Era mejor no discutir.

A las once de la mañana, el termómetro de la cocina marcaba treinta y ocho grados. El ventilador del techo llevaba dos días moviendo el mismo aire caliente de un lado a otro, el perro había renunciado a vivir y se pasaba todo el rato tirado en el suelo con la lengua pegada a las baldosas y las plantas… mejor no se lo cuento.

Nos sorprendió que alguien fuera tan atrevido como para salir de casa, acercarse a la nuestra, y llamar a la puerta. Era la vecina de al lado.

—¿Tienen agua?

—Sí.

—En mi casa no sale.

Abrí el grifo.

Nada.

Mi madre me miró como si yo misma fuera la culpable del cambio climático.

—¿Ves? Esto en el ochenta y nueve no pasaba.

La miré.

—Hacía más calor que ahora y tenías más agua —respondí irónica—. Me alegro por ti.

A mediodía se fue la luz dando vacaciones al pobre ventilador que se despidió con un leve gemido. El silencio que dejó en la casa fue terrible. Para evitar morir abrasadas al vacío, decidimos subir a la azotea buscando un mínimo de aire y descubrimos que el resto de los vecinos del barrio habían hecho lo mismo: todos parecían supervivientes de un naufragio en una balsa improvisada.

—¡Se fue en toda la calle! —gritó alguien.

—¡Dicen que tardará horas!

—¡Tengo el congelador lleno!

—¡Yo insulina!

Don Manuel tenía setenta y nueve años y era diabético. Vivía solo desde que murió su mujer y apenas salía de casa. A mi madre le dio pena y decidió ayudarlo —o eso o quería ser ella la salvadora del barrio que saliera protagonista en la siguiente noticia de La Provincia.

—Vamos a buscar hielo para la insulina del vecino.

—Mamá, ¿dónde vamos a encontrar hielo si no hay luz?

Me miró de esa manera que tienen las madres de hacerte sentir idiota sin necesidad de decirlo.

—Dónde sea.

Bajamos y nos percatamos de que, no solo no había luz en toda la calle, sino que la ciudad entera estaba detenida: los semáforos apagados, los comercios cerrados porque no le funcionaban los datáfonos… Y hacía muchísimo calor. Pero lejos de la desesperación, los vecinos empezaron a hablar unos con otros desde los balcones y las terrazas, a compartir información sobre lo que podía haber pasado y, por qué no, también a bromear.

El dueño del bar de la esquina, al enterarse de que Don Manuel necesitaba su insulina, sacó las bolsas de hielo que le quedaban antes de que se derritieran; la dueña de la farmacia nos regaló una nevera portátil pequeña; la cajera del supermercado repartió las pocas botellas de agua que aún mantenían el frío; y el presidente de la asociación de vecinos abrió las puertas del salón grande porque allí parecía que hacía menos calor.

Acabamos, poco a poco, todos allí.

Al principio hablamos del calor; luego, de los problemas del Ayuntamiento; después, de cualquier cosa que se nos fuera ocurriendo que no fuera religión ni política, que no estaba el horno para bollos. Y mi madre, por supuesto, contó lo del ochenta y nueve bajo la atenta mirada de quienes aún no habían escuchado la historia —y nadie la interrumpió—.

Al caer la noche, la temperatura comenzó a disminuir y nos dimos cuenta de que habíamos pasado una tarde maravillosa al lado de vecinos hasta ahora desconocidos, sin mirar el teléfono. A las once y veinte volvió la luz, las farolas de la calle se encendieron de golpe y todos aplaudimos, como cuando el Covid. Los ventiladores volvieron a girar, los frigoríficos a funcionar y los móviles encontraron su enchufe. La vida volvió al punto exacto en el que la habíamos dejado.

El agua volvió a la mañana siguiente.

Dos días después se terminó la ola de calor y, cuando por fin tuve ánimos y fuerzas para salir de casa sabiendo que no corría riesgo de muerte inminente por derretimiento, me encontré con una bonita estampa: dos calles más abajo, la vecina de al lado, Don Manuel y el dueño del bar compartían un café entre risas recordando las conversaciones de aquel día.

Me quedé observándolos, hasta que mi madre apareció detrás de mí.

—¿Ves? El calor tampoco fue tan malo.

—No empieces con el ochenta y nueve.

Se rio y me cogió del brazo y, mientras caminábamos calle abajo, entendí que quizá tenía razón porque durante unas pocas horas nos faltó el agua, la electricidad y hasta el aire, pero también nos encontramos los unos a los otros.

Suscribete a nuestro newsletter

Noticias Deportivas
Redacción NorteGranCanaria

El Balonmano Gáldar quiere volver a sentir el calor de su afición en el Juan Vega Mateos

El club galdense anima a su afición a volver a llenar el Juan Vega Mateos y formar parte de una temporada que aspira a seguir haciendo historia  El Balonmano Gáldar Gran Canaria ya tiene en marcha su campaña de abonados para la temporada 2026-27. Bajo el lema “Se respira, se siente, historia y presente”, el conjunto galdense invita a su afición a dar un paso más y vivir desde la grada una nueva temporada cargada de ilusión. Ser abonado del Balonmano Gáldar es mucho más que disponer de una entrada para los partidos. Es formar parte de una familia, acompañar al equipo en cada encuentro y defender junto a jugadores, cuerpo técnico y club los colores de Gáldar. Para esta temporada, el club ofrece un abono general por 48 euros, mientras que el abono familiar tiene un coste de 88 euros e incluye a dos adultos y sus hijos menores. Ambos permiten disfrutar de todos los encuentros de Primera Nacional disputados en el Polideportivo Juan Vega Mateos, con la excepción del partido declarado como Día del Club. Además, los abonados podrán beneficiarse de descuentos en actividades organizadas por el club, así como de promociones y ventajas exclusivas en los comercios colaboradores. Como alternativa, el Balonmano Gáldar mantiene también la figura del simpatizante, con un coste de 30 euros, que permitirá acceder a las diferentes promociones y ventajas ofrecidas por los comercios colaboradores. La campaña está dirigida tanto a quienes ya forman parte de la familia del Balonmano Gáldar como a todas aquellas personas que quieran incorporarse por primera vez y contribuir desde la grada al crecimiento de una entidad profundamente vinculada a la ciudad. La renovación o primera afiliación puede realizarse de manera sencilla a través de WhatsApp, en los números +34 679 829 149 y +34 647 872 361, o mediante el correo electrónico administracion@balonmanogaldar.com. Con la nueva temporada ya en marcha, el Balonmano Gáldar quiere volver a convertir el Juan Vega Mateos en uno de los grandes puntos de encuentro del deporte galdense. Porque cada partido empieza mucho antes del pitido inicial y porque la fuerza del equipo también nace de quienes lo acompañan desde la grada. Esta temporada, juega con nosotros desde la grada.   ¡Te esperamos!