Juan Godoy Silva
Juan Godoy Silva
Fallece Juan Godoy Silva, Pintadera de Oro de Gáldar
Juan Godoy Silva, Pintadera de Oro de Gáldar, ha fallecido esta tarde a los 94 años de edad. Su capilla ardiente se instalará a las 10:00 horas del sábado 24 de enero, en la sala 1 del Tanatorio Municipal de San Isidro, y su sepelio tendrá lugar el mismo día a las 17:00 horas, en el Cementerio de San Isidro.
El alcalde de Gáldar, Teodoro Sosa, ha trasladado el pésame a la familia y seres queridos, destacando la figura de un vecino que será recordado por su valioso aporte a la agricultura del municipio, ejemplo de trabajo y entrega.
 
Juan Godoy fue un hombre de la tierra y su vida estuvo marcada por el esfuerzo, la dignidad y el compromiso con su comunidad. A los nueve años tuvo que abandonar la escuela por las carencias de la época, pero desde muy joven se incorporó al trabajo agrícola, desempeñando su labor en el desarrollo del sector primario de Gáldar.
 
Durante dos décadas trabajó en las plataneras de la Finca Gabriel, y durante cuarenta años fue encargado en las fincas de Félix Santiago. Deja su impronta como un hombre empático, justo y generoso. Su dedicación al campo fue reconocida oficialmente por el Ayuntamiento de Gáldar en julio de 2024, cuando recibió la distinción de Pintadera de Oro, un homenaje institucional a su contribución al desarrollo social y económico del municipio.
 
Su trayectoria vital también lo llevó a cumplir el servicio militar en El Aaiún, donde gracias a su asignación en tareas de transmisión de señales, evitó participar en maniobras bélicas, un episodio que marcó su visión de la vida y su carácter pacífico y humano.
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Eduardo García Benítez
Noticias Culturales
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Eduardo García Benítez: El poeta que aprendió a sembrar versos sobre la piel

Bajo el antiguo pseudónimo de E. Savinien, el escritor aruquense ha cautivado a miles de lectores. Hoy, despojado de su máscara, nos revela la mirada profunda detrás de una de las líricas más apasionadas de la literatura canaria actual. Hay nombres que se escriben con tinta y otros que se graban a fuego. Durante mucho tiempo, en los círculos literarios y en los rincones más románticos de la red, circulaba un nombre que parecía rescatado de una novela del siglo XIX: E. Savinien. Se trataba de una voz enigmática, una suerte de «héroe romántico» moderno que llegaba a los corazones con una delicadeza casi quirúrgica, pero de quien poco se sabía más allá de su capacidad para conmover. Sin embargo, el misterio ha dado paso al hombre. Detrás de esa estela de romanticismo se encuentra Eduardo García Benítez, un poeta natural de Arucas que ha decidido que ya es hora de poner rostro a la palabra. Y lo hace con unos ojos negros, profundos, que parecen captar cualquier atisbo de belleza o melancolía que flote en el aire, transformándolo inmediatamente en métrica y sentimiento. Una poética de la siembra Lo que diferencia a García Benítez de otros autores contemporáneos es su fisicidad. Eduardo no escribe al amor como un concepto abstracto o lejano; su poesía se siente, se toca y se padece. Posee la extraña habilidad de sembrar versos con la misma precisión y urgencia con la que se siembran besos. En su obra, la piel es el lienzo y la palabra es el surco. Hay una conexión telúrica en su estilo, quizás heredada de esa Arucas de piedra y verde, que le permite hablar de la pasión sin caer en el cliché. Sus poemas son, en esencia, encuentros: Pasión sin filtros: Una entrega absoluta que no teme a la vulnerabilidad. Dualidad: El equilibrio perfecto entre la elegancia del antiguo Savinien y la honestidad cruda de García Benítez. Identidad: El arraigo a su tierra como motor de una sensibilidad universal. El rostro tras la rima Conocer a Eduardo es comprender que su poesía no es un disfraz, sino una extensión de su propia mirada. Al dejar atrás el refugio del pseudónimo, el poeta no solo nos regala sus textos, sino su transparencia. Esos «maravillosos ojos negros» de los que hablan quienes le conocen no son solo un rasgo físico, sino el espejo de alguien que no permite que la poesía pase de largo sin ser invitada a quedarse. En un mundo digital saturado de textos vacíos y sentimientos prefabricados, la irrupción de Eduardo García Benítez es un recordatorio de que el romanticismo no ha muerto; simplemente estaba esperando a que alguien con la valentía suficiente volviera a sembrarlo con la punta de los dedos. Arucas tiene en Eduardo una voz que no dejará indiferente a nadie. Porque, al final del día, todos buscamos a alguien que sepa leernos la piel como si fuera un libro abierto.