Venancio MonzÓn Mendoza
Venancio MonzÓn Mendoza
Fallece Venancio Monzón Mendoza, histórico jugador y entrenador del Club Deportivo San Isidro (Gáldar)
Venancio Monzón Mendoza, figura histórica del deporte local, falleció esta mañana a los 84 años de edad. Gáldar despide con profundo dolor a uno de sus hijos más queridos, cuyo legado trasciende el terreno de juego. Fue jugador, entrenador y, sobre todo, un pilar en la construcción del tejido deportivo galdense. En su honor, la Ciudad Deportiva de Gáldar lleva su nombre, un reconocimiento permanente a su dedicación, pasión y entrega al fútbol y a su pueblo.
La capilla ardiente se encuentra instalada en la Sala 1 del Tanatorio Municipal de San Isidro, donde familiares, amigos, compañeros y vecinos pueden darle el último adiós. El cortejo fúnebre saldrá del Tanatorio a las 16:00 horas con destino a la parroquia de San Isidro Labrador, donde se oficiará la ceremonia religiosa. Tras la misa, el féretro realizará un recorrido de honor por la Ciudad Deportiva que lleva su nombre, en un emotivo homenaje a su legado como jugador, entrenador y alma del deporte local. A continuación, el cortejo se dirigirá al Cementerio de San Isidro para el sepelio.
El alcalde de Gáldar, Teodoro Sosa Monzón, ha expresado su más sentido pésame a su familia destacando que “fue un gran hombre, en lo personal y en lo deportivo. Su compromiso con Gáldar y con el fútbol base dejó una huella imborrable. En nombre del Ayuntamiento y de toda la ciudadanía, trasladamos nuestro más profundo cariño y solidaridad a su familia y amistades”.
El presidente de la Federación Interinsular de Fútbol de Las Palmas, José Juan Arencibia Alemán, una de las primeras figuras del ámbito deportivo en expresar el pésame subrayó que “Venancio Monzón fue un referente y deja un legado irrepetible”.
La integridad de Venancio Monzón y su vida dedicada al deporte
 
Nacido en San Isidro el 1 de abril de 1941, Venancio Monzón Mendoza comenzó su relación con el fútbol desde la infancia, jugando en las calles del barrio y limpiando junto a su hermano David la Sociedad de San Isidro. A los 15 años ya disputaba partidos en categoría regional, y en la temporada 1957-1958 formó parte del primer equipo juvenil del CD San Isidro. Jugador histórico del Club durante más de dos décadas, vivió hitos importantes como el ascenso a Primera Regional en 1960 y la victoria en la Copa Federación en 1969 frente al Agaete.
Tras colgar las botas en 1977 y abandonar el fútbol como jugador, obtuvo el carné de entrenador regional e inició una prolífica etapa en los banquillos, dirigiendo equipos juveniles y senior del San Isidro y otros clubes de la comarca. Entre sus logros técnicos destacan los ascensos del juvenil a Primera Preferente y del equipo regional a Primera Regional. Durante más de veinte años estuvo al frente de equipos locales, formando generaciones de futbolistas con disciplina, humildad y amor por el barrio. Carpintero de oficio, supo compaginar su trabajo con su devoción por el fútbol base, convirtiéndose en símbolo del deporte en Gáldar. Siempre fiel a sus colores, jamás dejó de apoyar al CD San Isidro, el club de su vida.
Desde el Ayuntamiento de Gáldar, se invita a la ciudadanía a acompañar a la familia en estos momentos de duelo y a rendir homenaje a quien tanto dio por el deporte local.
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Eduardo García Benítez
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Eduardo García Benítez: El poeta que aprendió a sembrar versos sobre la piel

Bajo el antiguo pseudónimo de E. Savinien, el escritor aruquense ha cautivado a miles de lectores. Hoy, despojado de su máscara, nos revela la mirada profunda detrás de una de las líricas más apasionadas de la literatura canaria actual. Hay nombres que se escriben con tinta y otros que se graban a fuego. Durante mucho tiempo, en los círculos literarios y en los rincones más románticos de la red, circulaba un nombre que parecía rescatado de una novela del siglo XIX: E. Savinien. Se trataba de una voz enigmática, una suerte de «héroe romántico» moderno que llegaba a los corazones con una delicadeza casi quirúrgica, pero de quien poco se sabía más allá de su capacidad para conmover. Sin embargo, el misterio ha dado paso al hombre. Detrás de esa estela de romanticismo se encuentra Eduardo García Benítez, un poeta natural de Arucas que ha decidido que ya es hora de poner rostro a la palabra. Y lo hace con unos ojos negros, profundos, que parecen captar cualquier atisbo de belleza o melancolía que flote en el aire, transformándolo inmediatamente en métrica y sentimiento. Una poética de la siembra Lo que diferencia a García Benítez de otros autores contemporáneos es su fisicidad. Eduardo no escribe al amor como un concepto abstracto o lejano; su poesía se siente, se toca y se padece. Posee la extraña habilidad de sembrar versos con la misma precisión y urgencia con la que se siembran besos. En su obra, la piel es el lienzo y la palabra es el surco. Hay una conexión telúrica en su estilo, quizás heredada de esa Arucas de piedra y verde, que le permite hablar de la pasión sin caer en el cliché. Sus poemas son, en esencia, encuentros: Pasión sin filtros: Una entrega absoluta que no teme a la vulnerabilidad. Dualidad: El equilibrio perfecto entre la elegancia del antiguo Savinien y la honestidad cruda de García Benítez. Identidad: El arraigo a su tierra como motor de una sensibilidad universal. El rostro tras la rima Conocer a Eduardo es comprender que su poesía no es un disfraz, sino una extensión de su propia mirada. Al dejar atrás el refugio del pseudónimo, el poeta no solo nos regala sus textos, sino su transparencia. Esos «maravillosos ojos negros» de los que hablan quienes le conocen no son solo un rasgo físico, sino el espejo de alguien que no permite que la poesía pase de largo sin ser invitada a quedarse. En un mundo digital saturado de textos vacíos y sentimientos prefabricados, la irrupción de Eduardo García Benítez es un recordatorio de que el romanticismo no ha muerto; simplemente estaba esperando a que alguien con la valentía suficiente volviera a sembrarlo con la punta de los dedos. Arucas tiene en Eduardo una voz que no dejará indiferente a nadie. Porque, al final del día, todos buscamos a alguien que sepa leernos la piel como si fuera un libro abierto.