Petra María Armas Cabrera Copia
Petra María Armas Cabrera Copia
Fallece a los 67 años Petra Armas Cabrera ‘Tita’, Pintadera de Oro de Gáldar
Petra María Armas Cabrera, conocida cariñosamente como ‘Tita’ ha fallecido este sábado a  los 67 años de edad. En julio de 2024, el Ayuntamiento de Gáldar le otorgó el reconocimiento municipal Pintadera de Oro, por su trayectoria personal y profesional, así como su contribución al desarrollo social y al crecimiento del municipio.
Su capilla ardiente se encuentra instalada en la sala 2 del Tanatorio Municipal de San Isidro y a las 16:30 horas se celebrará el responso. Posteriormente, a las 18:00 horas, tendrá lugar su incineración en el crematorio La Auxiliadora.
El alcalde Teodoro Sosa Monzón ha trasladado su más sentido pésame a familiares y amistades, definiéndola como «una gran luchadora», palabras que resumen una vida de esfuerzo, dedicación y trabajo incansable.
Petra María Armas Cabrera nació el 9 de junio de 1958 en Sardina, hija de Gervacio y Francisca. Como hija mayor de siete hermanos, se vio obligada a abandonar los estudios para apoyar a la economía familiar. Con tan solo 12 años comenzó su vida laboral junto al empresario José Samsó, dedicándose a todo tipo de trabajos agrícolas; plataneras, antulios, flores, etc. Su compromiso y dedicación la llevaron a jubilarse 50 años después en la misma empresa, desarrollando toda su trayectoria profesional en el sector platanero y de las flores.
Casada con Juan Suárez Melián, fue madre de tres hijos y pilar de su familia, dejando un legado invaluable.
Compartir
Más Noticias

Suscribete a nuestro newsletter

Eduardo García Benítez
Noticias Culturales
NGC

Eduardo García Benítez: El poeta que aprendió a sembrar versos sobre la piel

Bajo el antiguo pseudónimo de E. Savinien, el escritor aruquense ha cautivado a miles de lectores. Hoy, despojado de su máscara, nos revela la mirada profunda detrás de una de las líricas más apasionadas de la literatura canaria actual. Hay nombres que se escriben con tinta y otros que se graban a fuego. Durante mucho tiempo, en los círculos literarios y en los rincones más románticos de la red, circulaba un nombre que parecía rescatado de una novela del siglo XIX: E. Savinien. Se trataba de una voz enigmática, una suerte de «héroe romántico» moderno que llegaba a los corazones con una delicadeza casi quirúrgica, pero de quien poco se sabía más allá de su capacidad para conmover. Sin embargo, el misterio ha dado paso al hombre. Detrás de esa estela de romanticismo se encuentra Eduardo García Benítez, un poeta natural de Arucas que ha decidido que ya es hora de poner rostro a la palabra. Y lo hace con unos ojos negros, profundos, que parecen captar cualquier atisbo de belleza o melancolía que flote en el aire, transformándolo inmediatamente en métrica y sentimiento. Una poética de la siembra Lo que diferencia a García Benítez de otros autores contemporáneos es su fisicidad. Eduardo no escribe al amor como un concepto abstracto o lejano; su poesía se siente, se toca y se padece. Posee la extraña habilidad de sembrar versos con la misma precisión y urgencia con la que se siembran besos. En su obra, la piel es el lienzo y la palabra es el surco. Hay una conexión telúrica en su estilo, quizás heredada de esa Arucas de piedra y verde, que le permite hablar de la pasión sin caer en el cliché. Sus poemas son, en esencia, encuentros: Pasión sin filtros: Una entrega absoluta que no teme a la vulnerabilidad. Dualidad: El equilibrio perfecto entre la elegancia del antiguo Savinien y la honestidad cruda de García Benítez. Identidad: El arraigo a su tierra como motor de una sensibilidad universal. El rostro tras la rima Conocer a Eduardo es comprender que su poesía no es un disfraz, sino una extensión de su propia mirada. Al dejar atrás el refugio del pseudónimo, el poeta no solo nos regala sus textos, sino su transparencia. Esos «maravillosos ojos negros» de los que hablan quienes le conocen no son solo un rasgo físico, sino el espejo de alguien que no permite que la poesía pase de largo sin ser invitada a quedarse. En un mundo digital saturado de textos vacíos y sentimientos prefabricados, la irrupción de Eduardo García Benítez es un recordatorio de que el romanticismo no ha muerto; simplemente estaba esperando a que alguien con la valentía suficiente volviera a sembrarlo con la punta de los dedos. Arucas tiene en Eduardo una voz que no dejará indiferente a nadie. Porque, al final del día, todos buscamos a alguien que sepa leernos la piel como si fuera un libro abierto.