En el mundo occidental tenemos un temor reverencial ante la muerte. En algunas iglesias todavía ocupan espacio los cuadros de ánimas, terroríficas estampas en los que los pecadores padecen grandes sufrimientos en el infierno, devorados por las llamas casi escuchamos sus lamentos. El papa Juan Pablo II advirtió que el infierno no existe, y tampoco existe el cielo sino que son conceptos simbólicos. Un buen amigo me repetía constantemente una frase: No hay que tener miedo porque la muerte no es tal como nos la han contado. Es curioso que en toda Asia no existe ese pavor porque sus religiones hablan de la reencarnación: budismo, hinduismo, sintoísmo, taoísmo, etc. Y es también reseñable el hecho de que algunas personas creen haber percibido señales de fallecidos, lo cual vendría a sugerir que al morir no desaparecemos del todo sino que vamos hacia otra dimensión. Porque somos energía, y la energía no se destruye sino que se transforma, según las leyes de la Termodinámica.
En el ensayo publicado por Mercurio, El temor de morir, Juan-Manuel García Ramos reflexiona sobre la caducidad humana a partir de las Experiencias Cercanas a la Muerte, ECM. Habla de las especulaciones desde las religiones o la filosofía, Sócrates en primer lugar. Se trata de un libro breve que recoge vivencias del autor, o investigadas a través de testimonios ajenos donde habitan presentimientos y augurios.
Siguiendo al filósofo Michel Onfray, el autor cree que filosofar es hacer viable y vivible la propia existencia, y esa aspiración la rastrea en sus lecturas literarias, históricas, religiosas, o en distintas escuelas de pensamiento antiguas y actuales, y en los conocimientos adquiridos sobre los esfuerzos de la Inteligencia Artificial por dotarnos de una longevidad que teóricos de Silicon Valley cifran en 120 o 150 años de vida para el común de los mortales. Se trataría, como comenta el médico por Harvard y uno de los gurús de Silicon, Peter H. Diamandis, de que podamos tener un futuro más grande que nuestro pasado. La idea es que la muerte no sea un corte seco, sino una disolución en un campo de conciencia. En 1975 el doctor Raymond Moody ya publicó un libro pionero titulado Vida después de la vida, basado en ECM con sus pacientes.
La supraconciencia propone la existencia de una dimensión de la conciencia más allá del cuerpo y la mente física, respaldada por experiencias y estudios multidisciplinarios. Se define como una forma de conciencia que trasciende la mente y el cuerpo físico, ofreciendo una perspectiva más amplia de la existencia humana y de la vida tras la muerte. Según el médico Manuel Sans Segarra, este fenómeno no puede explicarse completamente mediante métodos científicos tradicionales, pero se evidencia a través de experiencias cercanas a la muerte (ECM) y testimonios de pacientes que han estado clínicamente muertos.
El Dr. Sans documenta casos de pacientes que, tras un paro cardíaco o respiratorio, experimentaron vivencias durante la muerte clínica, incluyendo sensaciones de paz, percepción de luz y encuentros con seres queridos fallecidos. Estas experiencias sugieren que la conciencia puede operar independientemente del cerebro físico.
El estudio combina neurociencia, psicología, física cuántica, filosofía y espiritualidad. Los autores del libro La Supraconciencia existe argumentan que la conciencia no es solo un fenómeno neuronal, sino una dimensión universal y posiblemente eterna, que puede influir en nuestra percepción de la vida, la muerte y el sentido de la existencia. Además, el concepto propone que, al conectar con la supraconciencia, las personas pueden controlar el ego, superar miedos y vivir de manera más plena y libre. Ello implica un cambio en la forma de vivir y percibir la realidad, fomentando la compasión, la reflexión sobre la vida y la gestión emocional. Esta teoría intenta aliviar el temor a la partida, asociado muchas veces al sufrimiento físico que algunas personas padecen antes de morir.
