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Celebración Día Grande De Las Fiestas De La Virgen De Guía
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Redacción NorteGranCanaria

Cuando una traca abre un debate mayor: ¿quién decide en las fiestas de Guía?

Lo ocurrido durante la entrada de Nuestra Madre la Virgen de Guía en la Iglesia Matriz de Santa María de Guía deja una imagen que merece algo más que un comentario pasajero. Porque detrás de una traca, aparentemente un detalle dentro de una celebración multitudinaria, aparece una cuestión bastante más seria: ¿qué ocurre cuando una decisión adoptada por el Ayuntamiento no es respetada por quienes participan en la organización de unos actos que ocupan el espacio público? Según los hechos conocidos, el Ayuntamiento había decidido que no se lanzara una traca en el momento de introducir a Nuestra Madre la Virgen de Guía en la Iglesia Matriz. Sin embargo, finalmente la traca se produjo. Y ahí comienza el problema. No se trata de discutir si las tracas gustan más o menos, si forman parte de la tradición o si aportan espectacularidad a la celebración. El asunto de fondo es otro: si existe una decisión municipal expresa, ¿quién tiene capacidad para ignorarla? El Ayuntamiento de Santa María de Guía es la institución que representa democráticamente al conjunto de los vecinos, creyentes y no creyentes. La parroquia, por importante que sea su papel dentro de unas fiestas de profunda tradición religiosa y popular, no puede situarse por encima de las decisiones adoptadas por la autoridad municipal en aquello que corresponde al ámbito público. La Iglesia tiene plena autonomía en el interior del templo y en sus cuestiones religiosas. El Ayuntamiento tiene sus competencias, responsabilidades y obligaciones sobre el espacio público, la seguridad y la organización municipal. Cuando esas fronteras no se respetan, se genera un conflicto que termina perjudicando a todos. El gesto del alcalde La reacción del alcalde tampoco pasó inadvertida. Ante lo sucedido, optó por dar la espalda a Nuestra Madre la Virgen de Guía como señal de protesta, siendo, según lo observado durante el acto, el único que realizó públicamente ese gesto. Es una imagen potente y también discutible. Habrá quien considere que un alcalde no debería volver la espalda a la Virgen durante un acto tan arraigado en la historia y en la identidad de Guía. Otros entenderán que ese gesto pretendía dejar claro su rechazo ante una decisión que, aparentemente, contradecía lo previamente acordado por el Ayuntamiento. Conviene separar ambos planos. Nuestra Madre la Virgen de Guía no toma decisiones administrativas, no ordena tracas y no participa en desacuerdos institucionales. Las decisiones las toman las personas. Por ello, cualquier responsabilidad debe recaer sobre quienes adoptaron o ejecutaron esas decisiones, nunca sobre una imagen que representa una enorme devoción para generaciones de guienses. Precisamente por eso, el gesto del alcalde puede abrir también otro debate. Su protesta fue evidente, pero podía ser interpretada por parte de los fieles como un desplante hacia la propia Virgen, aunque esa no fuera su intención. Cuando se ejerce una responsabilidad pública, también hay que medir el significado que adquieren determinados gestos, especialmente en actos cargados de simbolismo religioso y emocional. La cuestión realmente preocupante Pero centrar todo el debate en si el alcalde hizo bien o mal dando la espalda sería apartar la atención de la cuestión principal. La pregunta sigue siendo muy sencilla: ¿Por qué se realizó una traca si el Ayuntamiento había determinado previamente que no debía realizarse? Y existe otra todavía más importante: ¿Quién tomó finalmente la decisión de hacerla? Estas preguntas deberían tener una explicación clara. Porque si las decisiones municipales pueden incumplirse dependiendo de quién las discuta, existe un problema de autoridad institucional. Y si hubo un cambio de criterio, una autorización posterior o algún acuerdo del que los ciudadanos no tienen conocimiento, también debería explicarse públicamente. Lo que resulta difícil de justificar es que los vecinos contemplen un desencuentro entre Ayuntamiento y parroquia sin saber exactamente qué ocurrió ni quién tenía la responsabilidad de tomar la decisión final. ¿Puede alguien estar por encima del Ayuntamiento? Ese es, probablemente, el fondo del debate. No se trata de enfrentar a la Iglesia con el Ayuntamiento ni de cuestionar el papel histórico de la parroquia en las fiestas. Se trata de establecer algo mucho más básico: las competencias y los acuerdos deben respetarse. Si el Ayuntamiento comunicó expresamente que no debía realizarse la traca y esta terminó realizándose por decisión del párroco o de cualquier otra persona, debería explicarse con qué autoridad se modificó una decisión previamente establecida. Porque ninguna persona, por relevante que sea su papel religioso, social o institucional, debería situarse por encima de las normas o decisiones que corresponden legítimamente a una administración pública. Otra cuestión diferente sería que el Ayuntamiento careciera de competencia para adoptar esa decisión. Si ese fuera el caso, también debería aclararse. Pero lo que no puede quedar instalada es la sensación de que las decisiones dependen simplemente de quién tenga más capacidad para imponer su criterio en ese momento. Respeto institucional y respeto a la tradición Guía tiene una tradición religiosa profundamente vinculada a su historia, a sus fiestas y a la devoción hacia Nuestra Madre la Virgen de Guía. Negarlo sería desconocer la realidad social y cultural del municipio. Precisamente por la importancia de esa tradición debería existir una relación especialmente cuidada entre parroquia y Ayuntamiento. Coordinación, diálogo y cumplimiento de los acuerdos. Ni el Ayuntamiento debería intervenir en aquello que corresponde exclusivamente al ámbito religioso, ni la parroquia debería imponerse sobre cuestiones que corresponden a la administración municipal. Las fiestas patronales pertenecen emocionalmente al pueblo, pero su desarrollo combina actos religiosos, organización pública, seguridad, tradición y convivencia ciudadana. Por eso requieren acuerdos claros entre todas las partes. Cuando esos acuerdos se rompen, aparecen situaciones como la vivida: una traca que termina convirtiéndose en motivo de enfrentamiento y un alcalde que expresa públicamente su desacuerdo dando la espalda durante uno de los momentos más simbólicos de las fiestas. Quizá ahora sea necesario que ambas partes expliquen exactamente qué sucedió. Porque la cuestión no debería convertirse en una guerra entre Ayuntamiento y parroquia, ni entre creyentes y no creyentes. La pregunta es bastante más simple: si el Ayuntamiento había dicho que