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Venezuela Esteban Rodríguez
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El miedo de alongarse a la realidad: Venezuela

En Canarias decimos alongarse: acercarse al borde para mirar, asomarse con cautela, vencer el miedo a descubrir lo que hay delante. Quizá eso sea lo que nos ocurre cada vez que una tragedia golpea cualquier rincón del mundo. Nos cuesta alongarnos a la realidad. Porque hacerlo significa aceptar el dolor, la pérdida, la incertidumbre y la fragilidad de la vida. Significa reconocer que lo que hoy sucede lejos de nosotros mañana podría ocurrirnos a cualquiera. ¿Cómo ser positivo ante una situación catastrófica? ¿Cómo hablar de esperanza a quien acaba de perder a un ser querido? ¿Cómo pedir fortaleza a quien permanece entre ruinas buscando una respuesta que quizá nunca llegue? ¿Cómo afrontar una realidad no deseada desde la más absoluta vulnerabilidad? Son preguntas para las que no existen respuestas sencillas. Vivimos en una cultura que, con frecuencia, nos invita a pensar en positivo. Y eso está bien cuando nace de la autenticidad. Pero el optimismo nunca debería convertirse en una obligación ni en una frase hecha. Hay momentos en los que lo más humano no es animar, sino acompañar. No podemos exigir esperanza antes de reconocer el dolor. No podemos hablar de futuro sin detenernos primero en el presente que duele. Cuando una tragedia como la vivida en Venezuela golpea a miles de personas, sentimos angustia, impotencia y desgarro. En nuestro caso, el idioma, la historia compartida y los vínculos afectivos hacen que esa emoción llegue con una intensidad especial. Pero las emociones humanas no entienden de fronteras. El sufrimiento de una madre, el miedo de un niño o la desesperación de una familia son iguales en cualquier lugar del planeta. Quizá la verdadera pregunta no sea cómo mantener el optimismo. Quizá la pregunta sea cómo seguir siendo profundamente humanos cuando la realidad nos desborda. Y tal vez la respuesta esté en la solidaridad. En la mano que se ofrece. En el abrazo que sostiene. En quien rescata sin preguntar de dónde vienes. En quien comparte lo poco que tiene. Porque ayudar al otro no solo alivia su sufrimiento. Muchas veces también rescata una parte de nosotros mismos. A menudo preferimos mirar hacia otro lado. Es una forma de protegernos. Alongarse a la realidad duele. Nos obliga a reconocer que la seguridad absoluta no existe y que todos compartimos la misma vulnerabilidad. Sin embargo, precisamente porque cualquier día podríamos ser nosotros quienes esperemos una mano entre los escombros, no podemos permitirnos la indiferencia. La esperanza no nace de negar el dolor. Nace de atravesarlo juntos. Quizá ese sea el mayor aprendizaje que nos dejan las tragedias: que la humanidad no se demuestra cuando todo va bien, sino cuando decidimos no apartar la mirada y tenemos el valor de alongarnos a la realidad.